lunes 31 de octubre de 2011

Hoy mi deber era

El año pasado no escribí en el blog y eso hizo que me perdiera de comentar grandes acontecimientos que se vivieron en el país. El más importante sin lugar a dudas fue la muerte de Néstor Kirchner. Hace poco se cumplió apenas un año de su fallecimiento y de nuevo yo no escribí nada. ¿Qué pasa? ¿Me volví antikirchnerista? No, nada que ver. Es que a veces la historia te pasa por arriba y te deja sin palabras. Lo mismo me pasó con el 54% de Cristina en las elecciones, ¿qué agregar? Nada. Cuando no hay nada que decir, siempre es mejor ir a la plaza.

El 27 de octubre de 2010 era el día del censo y a mí me despertó el teléfono a eso de las 10 de la mañana. Era la mamá de Matías que llamaba para darnos la pésima noticia. La primera reacción fue chequear qué decían en la tele: todos a coro anunciaban la muerte de Néstor. Lo segundo fue entrar en Twitter: todos hablaban exclusivamente de eso, y casi por unanimidad se impuso el hashtag #GraciasNéstor. Lo tercero fue despertar a Matías, avisarle, empujarlo para que se levantara de la cama.

-Se murió Néstor

-¿Quién?

-¡Kirchner! ¡Se murió!

De ahí en adelante todo fue horrible. Mi mamá me llamó en seguida para preguntarme qué iba a pasar, como si yo fuera Jefa de Gabinete o la mismísima Cristina. “Va a seguir todo igual, no te preocupes”, y le corté. Porque quería mirar la tele y llorar. No me importaba nada más.

De un momento a otro tenía que venir alguien a censarnos, así que me puse a hacer como pude las tortas fritas que quería convidarle al censista, como para recompensarlo de alguna manera por su laburo. Nunca sentí tan inútil un gesto así. Me parecía muy absurdo clavarme en la cocina mientras me moría de ganas por estar metida en la compu, o pegada a la tele para escuchar qué más decían. Pensaba en todo eso y en la muerte mientras amasaba; lloraba como una nena, lloraba tanto que las lágrimas me chorreaban por la cara, se me metían en la boca y me las tragaba. Hacía muchos años que no sentía el gusto salado del llanto. Fue raro, porque después de ese primer momento de catarsis se me anularon los sentimientos, quedé adormecida. Sólo quería que llegara el censista para poder irme tranquila a la plaza.

A medida que pasaban las horas Matías y yo nos íbamos comiendo las tortas fritas. Alrededor de las cuatro de la tarde nos convencimos de que el censista ya no iba a venir, sobre todo después de dar una vuelta a la manzana y comprobar que todas las casas tenían la etiqueta del censo pegada en la puerta. Todas las casas menos nuestro edificio, que había sido arbitrariamente salteado por un censista sin corazón. Ya fue, me comí todas las tortas fritas y me fui. En la plaza me encontré con amigos. Me encontré, también, con la incómoda sensación de no saber qué hacer.

Al día siguiente se organizó el velorio de Néstor en Casa Rosada. Bastó con ver el cajón en el Salón de Patriotas Latinoamericanos, y la actitud estoica pero de suma fragilidad de la Presidenta, para que las lágrimas no me pararan de caer. Sentía que estaba llorando a mi viejo. Miraba por la tele a todas las personalidades, funcionarios, ministros que se acercaban a dar el pésame, más esa caravana impresionante de gente esperando para entrar y despedirse, que se me hacía interminable el día laboral. Yo tenía que ir. Lo viví como un mandato, como una obligación. Pero no era una obligación incordiosa, que no tenía ganas de hacer. No. Yo tenía que ir porque ese hombre que se acababa de morir se merecía eso y mucho más. Creo que todos los que nos sentimos realmente afectados, profundamente conmovidos por la noticia, también sentimos que a partir de ese momento estábamos en deuda. Teníamos que devolverle de alguna manera todo lo que él nos dio a los argentinos, que rápidamente se resume en la posibilidad de volver a sentirnos orgullosos de nuestro país. Eso no se explica con palabras, se siente o no se siente. Y como yo lo sentía muy adentro mío me dejé guiar por el corazón, que latía en dirección a Plaza de Mayo otra vez.

Siempre en ocasiones como esta me acuerdo de una canción de Silvio Rodríguez, que para mí es la que mejor representa todo el asunto este de la militancia y el compromiso político. Se llama Hoy mi deber era y los tres primeros versos retumban muy fuerte en el cuerpo cuando la empezás a escuchar: “Hoy mi deber era cantarle a la Patria, alzar la bandera, sumarme a la plaza”. Pero la palabra que me interesa ahí es “deber”. Me interesa sentir eso, que debo hacer algo por alguien, por mí, por todos. Me interesa plantearlo en esos términos porque yo creo que en algunos debates políticos de los que se dieron últimamente hemos descubierto que es un deber involucrarse. Como ciudadanos también tenemos obligaciones. Votar es una de ellas. Ir a la plaza, como dice Silvio, es otra.

Le pedí permiso a mi jefa yanqui para salir antes del laburo y poder ir a la plaza. Supongo que mi pedido le habrá resultado propio de una mente sudaca. Nada me podía importar menos, al contrario, parte de recobrar la dignidad y el orgullo de ser argentina tiene que ver con hacer valer el latinoamericanismo alrededor del mundo, así que fui bien explícita en el mail y bien consciente de su desencanto. A las cuatro de la tarde ya estaba en la fila para entrar a la Rosada que si la hubiera tenido que hacer completa creo que todavía estaría esperando, pero por suerte había unos amigos que me dejaron ocupar su lugar. Y al ratito me encontré con @Tatapica que fue la compañera ideal para un día como ese, una misión como esa, un hombre como él.

Las cuatro o cinco horas que estuvimos para hacer los 300 metros que nos separaban de la Casa Rosada se pasaron entre chistes, conversaciones, cánticos, silencios, recuerdos, anécdotas, quejas y esperanzas. Por momentos flaqueábamos en nuestras ganas y teníamos que darnos ánimo mutuamente, no era fácil aguantarse el amontonamiento y el cansancio. Pero mirabas a tu alrededor y descubrías familias enteras haciendo la misma fila que vos, personas realmente grandes que no entendías cómo es que todavía se mantenían en pie. Al viejito que estaba adelante nuestro daban ganas de decirle vaya a casa abuelo, Néstor lo va a comprender. Pero el abuelo ni loco se iba a ir a su casa, si gracias a Néstor se había podido jubilar, si probablemente seguía vivo gracias a él. Ese día se hizo imposible tapar el sol con la mano. Durante muchos meses lo habían logrado, desde distintos sectores nos habían hecho creer que a los Kirchner no los quería nadie, sólo una pequeñísima minoría de la cual yo me sentía parte y en ciertos círculos sociales tenía que callar mi pertenencia porque se me venía la noche y me quedaba completamente sola. Bueno, entre el 27, el 28 y el 29 de octubre no hubo forma de eclipsar la realidad. Te asomabas apenitas a la plaza y ahí tenías una buena representación a escala del sentir de todo un pueblo. Para donde miraras encontrabas historias que tenían ganas de ser contadas, mujeres cargando a sus hijos y adolescentes levantando banderas, grupos de amigos que se habían formado en alguna discusión acalorada, madres en sus 60 años que muy posiblemente era la primera vez que pisaban con tanta convicción esa plaza. No había forma de ocultarlo, y aunque lo hayan intentado dudo que le pudiera importar siquiera a alguien.

Cuando estábamos a punto de entrar, @Tatapica y yo nos agarramos de la mano como dos viejitas que tenían miedo de caerse. A mí me invadió el silencio, ese estado de ánimo que tantas veces dije que me envuelve cuando entro a un cementerio. Me acuerdo muy bien de la inmensa, infinita cantidad de flores que estaban desparramadas por todas partes, adentro y afuera de la Casa Rosada. Un olor tan a funeraria que no encajaba con la escenografía o, mejor dicho, que te situaba inmediatamente en tiempo y espacio. ¿Así que mientras hacías la cola te permitiste pensar en otra cosa? ¿Así que hasta te reíste y cantaste e hiciste chistes con tus amigos? Bueno, tomá: coronas, arreglos florales, dedicatorias, ramos de calas. Ahí tenés. Esto es un velorio. Este es el velorio del mejor presidente del que tengas memoria. Reíte ahora si podés. Contale a todo el mundo por mensajito de texto que estás a punto de entrar en la Casa Rosada. A ver si podés, nena, a ver si te dan ganas.

El mundo entero se escurrió en 5 minutos. Los 5 minutos que estuve adentro de Casa Rosada. Un pasillo, otro pasillo y el Salón que se iba dibujando delante de mis ojos mientras avanzaba. Gente, gente, gente, gente. Un mar de gente cuyo oleaje se movía de izquierda a derecha y desaparecía hasta recomponerse por completo, y así al infinito. No puedo explicar la emoción que sentí cuando entre miles de funcionarios descubrí a dos que lo justificaron todo: Lula que recién llegado se había puesto a hablar con Cristina, y Chávez, a quien miré fijamente a los ojos y saludé con la mirada. A Máximo y a Cristina les tiré un beso. A Néstor, encerrado ahí adentro, le dije, sin decirlo, simplemente gracias.



y creo que acaso/al fin lo he logrado/soñando tu abrazo/volando a tu lado


*Quise relatar este momento porque es parte de la historia. Es un día que no voy a olvidar jamás. Y porque además ayer vi un especial que hizo Canal Encuentro dando testimonio de lo impresionante que fueron esos días. No me quise quedar afuera, yo también estuve ahí, yo también soy una pieza de ese rompecabezas que espero que nunca se termine de armar.


4 notas ajenas:

Mer dijo...

Yo ese día tuve que vomitar palabras (que te envié en su momento). Fuiste a la primera persona que llamé ese día. Al día siguiente fui a la plaza, pero sólo hice un paseo, le regalé un aplauso y con eso me bastó. Y eso que yo siempre fui Cristinista y no NEstorista. Pero desde ese día que entiendo, que él era de nosotros.

Ricardo dijo...

"Un mar de gente cuyo oleaje se movía de izquierda a derecha". Yo creo que fue al revés, de derecha a izquierda. Pero bue.
Saludos.

La niña santa dijo...

Tenés razón. Era de derecha a izquierda, el problema es mío que nunca sé distinguir cuál es cuál (y no hablo de ideologías, eso lo tengo bien claro!)

Anónimo dijo...

Vos misma lo dijiste, te das bien cuenta de lo que sos, una sudaca, por eso somos subdesarrollados, por inmundicias como vos.