miércoles 28 de septiembre de 2011

Una excursión conurbana por el cementerio de Lanús


Mediante Twitter y mensaje de texto nos pusimos de acuerdo. No había mucho que decir en realidad, sólo elegir el lugar, poner un día y la hora y arrancar. Habíamos hablado hacía un tiempo sobre la posibilidad de ir a visitar un cementerio del conurbano, justo después de haber estado en el de Chacarita, donde ambos sacamos fotos de las que nos sentimos morbosamente orgullosos. Así que el sábado pasado Gontán pegó coche y me pasó a buscar por Boedogoma, desde donde salimos en dirección hacia el sur. Nuestro destino tenía un nombre: el cementerio municipal de Lanús.

Primero nos pusimos al día sobre ciertos asuntos que no viene al caso comentar acá, pero sí decir que enfrascarnos en esa conversación por demás divertida y llena de detalles #jugosos provocó que el shofer se equivocara varias veces la salida a Pavón. Después, una vez arribados a las inmediaciones de la estación de Lanús, comenzó el periplo para tratar de dar con el camposanto tan ansiado, ya que sólo teníamos por referencia una dirección bastante dudosa que habíamos sacado de una búsqueda en el esmarfón. Conurbana como soy, sé muy bien que por allá las gentes no nos manejamos con nombres de calles y números de casas. La vida es mucho más simple y entrañablemente compleja a la vez. Todo queda pasando la estación de servicio a tres cuadras, ahí donde te chocás con el semáforo tenés que doblar, o bordeando la placita que tiene arbolitos nuevos. “Te vas a dar cuenta ni bien la veas”, es la respuesta que arroja cualquier wachigoogle si le preguntás.

Lo destacable es que si lo que estás buscando es llegar al cementerio la gente se va a desvivir por ayudarte. Quizás no te dé buenas indicaciones, incluso puede ser que hasta te manden para otro lado, pero nadie te va a retacear información. No es lo mismo parar en un kiosco y preguntar dónde queda el cementerio que pedirle a alguien que te explique cómo llegar al salón de fiestas Yáquelin. La palabra cementerio incluye algo de urgencia, algo de compasión y algo de lástima, por más que seamos dos enfermos de la mente que sólo queremos ir para recorrer, comparar municipios de acuerdo al estado de conservación de las tumbas, y sacar fotos para inmortalizar el momento. Nunca mejor utilizada esa palabra.

Paramos en un kiosco y nos dijeron que después de la placita nueva con árboles recién plantados íbamos a ver un puente que había que tomar. Gontán recibió por indicación un grito mío: ¡LA PLACITA!, y al querer maniobrar con urgencia casi atropella a un motoquero que hay que decir que se lo tomó con bastante onda, le mandamos un saludito desde acá. Después del puente venía el “te vas a chocar contra el paredón del ferocaril” en un cocoliche del que ya no se oye, pero hicimos mil cuadras y el paredón siempre lo tuvimos de costado, nunca de frente. Así que le llegó el turno a la señora que cambió para siempre el curso de nuestra tarde. Una vecina que iba caminando por ahí y respondió con cara de “Dios mío qué le habrá pasado a estos muchachos” cuando le consultamos sobre cómo llegar al cementerio. Con toda la mejor voluntad del mundo nos nombró la calle “Olachával”, situación ante la cual sinceramente no supe cómo reaccionar. ¿Escuché bien? ¿Dijo Olachával o estoy loca? Luego de darle las gracias correspondientes Gontán y yo nos miramos y sentenciamos: “quiso decir Olazábal pero no podía, seguro que tenía dentadura postiza”. De ahí en más la búsqueda de la calle Olazábal se convirtió en una odisea conurbana digna de ser denunciada por Facundo “El Flagelo” Pastor.

El tercer contacto que hicimos después de pasear por el interior de Lanús, ahí donde comienza la Argentina profunda, fue con un hombre que tenía toda la cara toda de ir a jugar a las bochas con los viejos del barrio, aunque él no era viejo pero justamente por eso, iba a sentirse mejor consigo mismo, iba picado después de un tinto a ganar o morir. Una sola palabra se le entendió, que quedó suspendida en el aire, algo así como el “The horror, the horror” de Marlon Brando pero ésta más bien decía “Chával”. Seguimos la pista de la primer vecina, le sumamos el balbuceo de este último señor y nos dijimos sí, tenemos que encontrar la calle Olachával.

Incontrable. Por ningún lado, no estaba. Nos mandaban tres cuadras para atrás, dos para la derecha, media vuelta en dirección donde se pone el sol, un trompo en el aire, y ahí la vas a ver. Es fácil.

Pasó hora y media y nada. Yo ya tenía ganas de sacar los bizcochitos que había comprado especialmente para la ocasión e inaugurar el mate.

Pero de pronto flash, el chico del kiosquito azul. -Hola, ¿qué tal? ¿La calle Olachával por casualidad sabés dónde queda? -¿Achával? –(¡La puta madre que los re mil parió a todos por qué no pronuncian bien, hijos de un camión recontra mil lleno de putas!) Sí, qué tonta, Achával quise decir. ¿Sabés cuál es? –Yyyyyy… tenés que ir para atrás cuatro cuadras, doblás por esta, vas a ver una estación de servicio abandonda, esa es Achával –Ah, ¿y para llegar al cementerio voy por esa? -¿Vos querés ir al cementerio? –Sí (Sí, papá, sí, ¡por favor decime cómo se llega al cementerio o me mato acá y me vas a tener que llevar vos!) –Derecho por esta llegás –(La concha de Dios, ¡por fin!) Gracias, muchas gracias.

A lo lejos se veía un paredón amarillo flúor que hacía morir de vergüenza al fucsia de la Casa Rosada. Entramos y apagamos la cumbia que estaba sonando en el auto, no vaya a ser que se sientan ofendidos. Gontán estacionó justo delante de un cartel que rezaba: “Horario de visita de 7 a 17 hs.”. Miramos el reloj, las 16.45, había que meterle pata.

Lo primero que hicimos fue recorrer el sector nichos y encontrarnos con una novedad. El último grito de la moda impone el nicho vidriado, sí, así como lo oyen. Ya no más esos bloques de mármol fríos y espantosos. Ahora se viene una vitrina de vidrio para que puedas ver claramente todo lo que hay adentro: una urna cubierta con un suave tul por lo general de color blanco, toda clase de recuerdos, fotos, flores de plástico, estampitas, placas y hasta artículos de diario que hacen quedar al difunto como un auténtico rey. Los nichos de Lanús parecen una fiesta de 15 aglutinada en una alacena, eso cuando no queda en evidencia el paso del tiempo representado por telarañas que se acumulan en el interior. A cada paso Gontán murmuraba “ya no se usa visitar a los muertos”, yo trataba de negarlo para generar el debate pero tenía razón.

Igual hay que decir que lo que nos llamó la atención del cementerio de Lanús fue su prolijidad y el trabajo puesto al servicio del familiar. El pasto cortado, las calles limpias. El detalle del color de las paredes se puede dejar pasar. Hasta incluso nos topamos con un amplio sector que hizo las delicias de personas con capacidades diferentes como nosotros, del cual no quiero hablar en tono jocoso porque sé que puedo herir susceptibilidades aunque, poniéndonos serios ¿quién se va a meter a leer esto y mucho menos llegar hasta acá? Creo que tengo luz verde para darle rienda suelta a la emoción: en el cementerio municipal de Lanús hay una parcela dedicada especialmente a los chicos. No sé cómo nos dimos cuenta, supongo que debe haber sido leyendo nombres de plaquetas y fechas, imaginando historias, haciendo cálculos para saber qué edades tenían. Y empezamos a ver que algunos nacían y morían en el mismo año, con meses de diferencia; otros apenas un año después, algunos un poco más. De repente empezamos a distinguir colores, celeste, rosa y violeta eran los más populares. Entonces descubrimos que algunas tumbas tenían formas de casita y muchas otras semejaban cunas, también vimos que había juguetes, muchos juguetes, y flores de plástico que giraban con el viento. Atrapados por lo que estábamos viendo, levantamos la mirada y todo a nuestro alrededor se nos presentó igual: colorido, poblado y fatal. El sol ya se estaba yendo pero todavía calentaba, y los rayos de luz daban la impresión de estar entrando a través de la ventana de un jardín de infantes que en ese momento se encontraba vacío, seguramente porque los chicos estaban jugando en el recreo. Seguramente era por eso. Era mejor pensarlo así.

Apenas tuvimos tiempo de recorrer poco más, nada tan impactante como lo que acabábamos de ver. Nada tan letal. En el camino de vuelta se hizo un poco de silencio, yo creo que inconscientemente respetamos el duelo, algo había cambiado, ya no estábamos expectantes de qué íbamos a encontrar. Una sensación de fracaso invadió nuestro humor. Llegamos tarde, dijimos, la próxima hay que salir más temprano.

Sí, la próxima hay que ir más temprano y no hay que tomárselo así nomás.


7 notas ajenas:

wal dijo...

Les falto visitar la tumba de Pepe Biondi, el finado mas caracterizado del cementerio (por lo menos hasta los primeros 80). Era una tumba que llamaba la atencion en esa epoca porque no tenia marmol y era como un jardincito. Creo que fue vanguardia en la moda de ese tipo de tumbas, seguramente por lo mas barata en epocas de malaria.
Gran parte de los muertos de mi flia estan hay, incluido mi viejo que murio cuando yo tenia 10 años y mi vieja me llevaba a ponerle flores a pesar de mis resistencias infantiles a ir; he correteado por esos pasillos para matar el aburrimiento que me generaba esas visitas obligadas.
Todavia suelo pasar por la Centenario Uruguayo (la avenida paralela al paredon) para visitar amigos que viven en Dominico.

Wal

Mer dijo...

Don't underestimate your readers!! ja! lo leí todo yo! me perdí como ustedes con las direcciones de los lanusenses! jajajaja pero llegué al hogar de las almas lo más bien. Nunca le tuve miedo a los cementerios. De hecho me dan paz, creo que de eso se trata. A parte, los zombies, me caen bien.

Matias dijo...

Me sigo riendo.

Hace ya un par de dias.

La señora que primero menciona Olachaval es mi personaje favorito, lejos. Ella fue la que mas compasión y respeto mostró ante nuestra desesperada búsqueda

Sigue Flores, segun dicta el programa

matias dijo...

Atento a la data interesante que tira wal.
Es uno de los nuestros (?)

Matías dijo...

Me encantó che.

MarianoMundo dijo...

siempre es muy difícil llegar al cementerio

Memé dijo...

Jajaj, llegué un poco tarde a este post, sino con gusto hubiera ayudado. Vivo a 10 cuadras del cementerio de lanús, sobre la calle paralela a Achaval, que dicho sea de paso, es la avenida mas top del barrio, la unica doble mano, no entiendo como mis vecinos ignorantes no supieron orientarlos, del paredon al cementerio es una boludez llegar (para los que somos de aca, obvio). Con razon tan poco turismo por la zona,jejej. Besos