viernes 2 de septiembre de 2011

Chamuyo para la gilada

Esta semana La Nación publicó una interesante columna de opinión de Silvio Waisbord en la que proponía reflexionar sobre el poder de los medios, luego de que los resultados en las primarias parecieron haber puesto “en jaque” la teoría de que los medios ejercen una influencia importante en los ciudadanos. Waisbord primero alertó sobre la imposibilidad de seguir hablando de “los medios” como si se tratase de un bloque homogéneo, argumentando que cada vez estamos más expuestos a información segmentada. La proliferación de la TV por cable y digital, así como también de los portales en internet, de redes sociales y de los espacios de aficionados, da a entender que una amplia porción de la sociedad (¿de qué tipo de sociedad? No sé si América Latina puede anotarse ciegamente en esta afirmación por cuestiones de acceso) hoy elige qué información recibir de acuerdo a sus intereses, descartando por lo tanto todo lo que no la interpela directamente. Allí habría un núcleo duro de ciudadanos que de alguna manera estarían más comprometidos con su realidad político-social, para los cuales el efecto de la exposición mediática sería más difícil de comprobar, dado que su comportamiento no cambiaría ante la vorágine de noticias que contradijeran o pusieran en cuestión sus creencias previamente elaboradas. Dicho en limpio, los medios no tendrían tanto poder sobre ellos porque no lograrían modificar su pertenencia partidaria. Son un nicho, están cooptados.

Pero por otro lado, el autor también reconoce la existencia de grupos sociales a los que cataloga de “independientes”, que no se anotan en esa categoría cerrada de “convencidos”, y a su vez explica que las democracias contemporáneas se caracterizan por una amplia mayoría de ese tipo de electorado “suelto”, apartidario. A ellos entonces les correspondería una mayor permeabilidad frente a lo que los medios pautan día a día como los temas más importantes, así como también frente a la forma en la que la información es presentada (cómo se deben pensar esos temas del momento) porque carecen de una sólida red de significaciones previas que haga las veces de contención para la decodificación de los mensajes.

Así las cosas, Waisbord luego nos tiende una trampa. Partiendo de la segmentación de la información que los comprometidos saben aprovechar y del hecho de que en los tiempos que corren los independientes carecen de tiempo y de interés para ponerse a pensar en profundidad las cuestiones que el periodismo plantea como cruciales, propone pensar si las campañas electorales y la comunicación de una gestión gubernamental no serían entonces un fabuloso gasto de dinero en un sistema mediático que, a la luz de los hechos, no goza de esa capacidad de penetración que se le tiene asignada:

“Si los medios tienen menos poder que el que se les asigna convencionalmente, ¿cómo explicar la obsesión por abrigar al periodismo querendón, financiar medios propagandísticos, denostar noticias adversas, y gastar sumas astronómicas en campañas electorales (particularmente en televisión)?

Tales prácticas se basan en creencias inoxidables más que en contundente evidencia empírica. Son producto de la mentalidad de ‘ocupar espacios’ a toda costa y estrategias de favoritismo y negocios más que de análisis rigurosos sobre efectos en la opinión pública. El sentido común asume que los medios son importantes.”

De alguna manera, lo que esta columna en un medio como La Nación está diciendo es “vieron que a pesar de todo el esfuerzo que hicimos, los ataques del gobierno a la prensa libre resultaron injustificados ya que Cristina sacó el 50,24% en las primarias, por lo tanto se ha demostrado que el periodismo independiente y soberano no corta ni pincha. Dejen de cuestionarnos”. Aceptar ese razonamiento es retroceder en todo lo que se ha trabajado para hacer que las sociedades vayan perdiendo la ingenuidad frente a los discursos mediáticos. Un buen resultado en una elección no se explica únicamente por el papel que tuvieron los medios, y si bien Waisbord atiende argumentos económicos, laborales y de otra índole para entender las elecciones pasadas, lo cierto es que su opinión se basa en el rol de los medios. No hay ningún motivo concreto para entregar décadas de teorías sobre los efectos de los medios ante un solo resultado electoral, porque, además, si siguiéramos el argumento de Waisbord y se abortaran las campañas políticas y se acabara la comunicación gubernamental, los medios –todos los medios- desaparecerían en un abrir y cerrar de ojos. Sería comprensible la indignación que un ciudadano de a pie pudiera tener si se le mostrara la cifra exacta que un gobierno destina en publicidad oficial, pero no es otra cosa más que hipocresía que los periodistas se escandalicen de igual modo ante la misma cifra. La mayor ganancia de los medios proviene de ese sector. A ellos más que a nadie les conviene seguir mostrándose como influyentes, que por otro lado lo son. Todo lo demás es chamuyo para la gilada.

2 notas ajenas:

Ricardo dijo...

No me gusta mucho el título del post.
Pero coincido con lo que decís: los medios influyen. Por qué creo que el ejemplo puesto por el columnista no impugna esta hipótesis? Porque si la posición de los medios dominantes se vio debilitada, fue por una batalla cultural que viene dando, sobre todo, a través de los medios de comunicación. Simplificando la cuestión, la "no influencia" de Clarín y La Nación, por ejemplo, podría deberse a la influencia de otros medios.
Por otro lado, el mismo funcionamiento de los medios privados implica aceptar la influencia de los medios sobre el público, ya que se financian con el dinero que ponen los anunciantes confiados en que sus anuncios tendrán algún efecto sobre las audiencias.
Cuánto influyen y la forma en que lo hacen es otra cuestión.
Saludos.

Mer dijo...

Los medios refuerzan, reconstruyen una realidad e influencian la realidad de quienes los consumen. Los medios son como la comida comercializada masivmente: está aceptada por todos como comida que nutre pero muchas veces hay que ver el contenido nutricional para ver exactamente de que está hecha, tener en cuenta cuánto comemos, dónde y cómo... y hacen nuestra realidad en la sociedad contemporánea.