viernes 12 de agosto de 2011

THE END

Hace poco más de un año que no escribo acá. Y aclaro el “acá” porque no es que dejé de escribir, sólo que mis palabras estuvieron destinadas a otro proyecto a la vez que las pelotudeces cotidianas siguieron brotando con normalidad, pero en Twitter.

El problema con el “acá” fue una mezcla de cosas. Por un lado me empecé a aburrir de los blogs, hace mucho que no leo blogs, excepto algunos que cada tanto me siguen atrapando como el del amigo mendieta, el de mi gonino, el blog de maravillosas fotos de mi hermano y Revista Cotorra que descubrí recientemente y me parece de imprescindible lectura para la #minitah de hoy. Por otro lado, decidí cortar con la cháchara por un tiempo, hasta que terminara de escribir la tesis de Comunicación (técnicamente es una tesina pero me niego a usar esa palabra espantosa, así que para mí es una tesis y punto). Eso pasó, la entregué el 18 de julio pasado. Ahora resta esperar la evaluación y la defensa, algo para lo que no tengo apuro, ya no depende de mí.

Pero entonces me empecé a sentir con mucho tiempo libre. Ahora, después del trabajo, ya no tengo que ponerme a leer textos y diarios viejos, ni tengo que analizar noticias, tampoco tengo que buscar citas de autores que me dejen decir lo que tengo ganas de decir pero con palabras de otros porque la academia todavía no considera que yo sea capaz de decir lo que pienso con mis propias palabras. Toda esa etapa que transité al principio con un entusiasmo casi infantil y que terminé viviendo como un trauma al que no le divisaba el final, un día terminó. Después de imprimir 200 páginas, terminó. Y me quedé sin tema en el que pensar. Me empecé a anestesiar con series yanquis que me había prohibido mirar porque no me quería distraer de mi objetivo principal: entregar la tesis a mitad de este año. Pero recuperar mi tiempo de ocio tampoco me pareció suficiente. Yo quiero escribir, es así. En mi casa de Luis Guillón hay más de 6 cuadernos Rivadavia, rayados, tapa dura, que atestiguan que yo quiero escribir. Son bitácoras de mi infancia, llenas de faltas de ortografía y lamentos de niña. Con recuerdos de mascotas que ya no están. Con caligrafía de señorita de colegio de monjas y manchas de tinta Parker. Así que me dije “Piba, lo que tengas ganas de decir, decilo” y desempolvé la contraseña de este celofán.

Igual mentí. Porque mientras estaba terminando la tesis me agarró un envión de vamos-pebeta-a-disfrutar-que-la-vida-es-corta y meché uno, dos y hasta tres capítulos de Six Feet Under con uno, dos y hasta tres renglones de tesis. Y ahí dije “Opa, viste que podías caminar y mascar chicle!”. Así que mientras mi tutor no me aprobaba las conclusiones (y de hecho no me las aprobó, tuve que utilizar métodos poco ortodoxos para que me diera la libertad condicional **que parezca un accidente**) yo me iba insertando más y más en la vida de los Fisher. Gran familia televisiva, tres hermanos, una mamá viuda y una casa funeraria que siempre fue el negocio familiar.

No los voy a aburrir con detalles precisos de episodios sobresalientes. La serie está en Cuevana al alcance de todos los que todavía no la vieron. Pero déjenme decirles que si Felicity me hizo reflexionar sobre el tiempo transcurrido en la facultad, y el crecimiento personal que se fue dando a lo largo de esos años de exámenes y cursadas, Six Feet Under sin dudas marcó el final abrupto de todo ese proceso de una manera muy catártica. Al igual que Casciari, yo también pienso que el último capítulo de la serie posiblemente sea el mejor final que se haya visto jamás. De hecho, para escribir esto que estoy escribiendo, sentí la necesidad de mirarlo de nuevo y conectarme otra vez con esas frases que quedaron retumbando en alguna parte de mi cuerpo, con esa atmósfera de aparente quietud y nostalgia contra la que todos luchaban a la vez que se dejaban atrapar, con la complejidad de cada uno de los personajes que vivían situaciones que ponían a prueba al espectador. Porque todos sabemos que vamos a morir, no hay nada nuevo en eso. El problema es que hay que convivir con esa verdad que está ahí latiendo en alguna parte de nuestro “futuro”, que pueden ser cinco minutos a partir de ahora o tres, diecisiete, cincuenta y dos años más. ¿Qué hacemos en el medio? ¿De qué manera hacés valer tu paso por la vida, le das un sentido, lo aprovechás? Es terrible enfrentarse con esas preguntas, pero es imposible no hacerlo tampoco. Por eso a mí me gustó tanto este final, porque no quedás igual después de verlo. Hay algo ahí que ya existía dentro de uno, pero que se reactiva y te hace pensar: “Mirá, acabás de ver la vida de una familia de ficción. Literalmente, acabás de ver cómo les pasó la vida a esos personajes. ¿No te agarra un cosquilleo, una ansiedad? ¿No se te viene un poquitito encima el mundo?”

Y cuando terminás una carrera, ¿no te pasa igual? En serio pregunto, ¿no pasa igual?

Gracias por esperar.

5 notas ajenas:

matías dijo...

Hola Gonina, ¡te estábamos esperando!

La niña santa dijo...

putito!

Rafa dijo...

Pero qué tiernos los goninos!!! Jaja, y no te hagas la dura en los comentarios, todos sabemos que sos una tierna!
En fin, bienvenida mocosa, un placer leerla nuevamente.
Salú!

Ceci Rossi dijo...

Es la primera vez que te leó y ya me olvidé porq llegué, pero quiero que sepas que planeo quedarme.

MarianoMundo dijo...

Ví luz y pasé. ¿Te armo un ferné?