Dos segundos antes, yo no tenía que llevar a una vieja en silla de ruedas. Dos segundos antes, estaba buscando monedas en el bolsillo para el colectivo y era apenas una chica perturbada por la sesión de terapia que acababa de tener, dos segundos antes. Pero el paisaje cambió por completo cuando llegué a la esquina de Las Heras y Uriburu. Ya no podía darle vueltas a mi cabeza y acosarla con quince preguntas inútiles, tampoco había manera de relajar la mente mirando la belleza de los edificios que hay en esa zona paqueta de la Capital. Porque justo al llegar a esa esquina, nada más que con poner un pie en la intersección de esas dos calles, ¡zas!, me encuentro con que tengo que empujar a una señora en silla de ruedas. De la nada.
El sistema era de lo más novedoso: cada uno tenía que trasladar a esta mujer durante una cuadra, con su correspondiente cruce de calle, y pasarle la posta en la vereda siguiente a quien sea que se prestara para el favor. Generalmente los jóvenes están más predispuestos a hacerlo, de la misma manera que son siempre jóvenes los que ceden el asiento en el colectivo o asisten a un cieguito para cruzar la calle. Yo venía con cara de buena gente y parada en ese límite impreciso entre la felicidad y el llanto de la post-terapia, cuando de repente alguien me llama al grito de ¡Ey! y me deja tirada a los pies a una señora en silla de ruedas que, entre lenguas, mascullaba alguna queja. No hubo tiempo para indicaciones ni pedidos de ninguna índole, pero como no soy de las personas que esquivan el bulto (además estaba en silla de ruedas, ¡por el amor de un dios!) acepté el reto sin chistar, aunque debo decir que al principio no entendía nada. La mujer tendría unos sesenta años, pelo entrecano y enmarañado, estaba muy abrigada para esa época del año (debe haber sido alrededor de octubre o noviembre del año pasado), de aspecto desaliñado, tenía un montón de bolsas sobre la falda y migas, muchísimas migas, con lo cual intuí que estaba comiendo alguna galleta o pan duro. Intenté entablar conversación, pero sólo alcancé a entender que quería ir hasta Callao (desde Uriburu hasta Callao deben ser unas 3 o 4 cuadras). La señora no era nada amable si tenemos en cuenta que era una completa desconocida a la que le estaba haciendo un favor por lo menos inusual, y ese debe haber sido el motivo por el que nadie se la aguantaba más de una cuadra; creo que ahí comprendí un poco mejor de qué se trataba todo el asunto y decidí que yo nada más iba a cumplir con mi parte de la prenda, porque cuando me dijo “mmbujjummgrrr Callao” pensé que no era tan largo el trecho y que podía hacerlo todo yo, pero esta mujer ni siquiera estaba contenta de tener compañía o charla, parecía medio loca o vagabunda pero no de las copadas, así que le dije que sólo la llevaría una cuadra porque tenía la parada del colectivo en la esquina. “Mmbujjmmgrrr está bien, pero cruzame de vereda”
Claro, nunca en mi vida empujé una silla de ruedas. Sí me subí a una y anduve un rato, una vez en una fiesta en una escuela de teatro: era parte de la utilería. Pero una cosa es andar en silla de ruedas y otra muy distinta es tener que empujar a alguien. Además toda la situación era demasiado rara, y yo nada más me la quería sacar de encima cuanto antes. Llegué a pensar que tal vez era un truco para robarme, quizás alguien iba con ella, un hombre con sobretodo me podría estar siguiendo, agazapado, esperando el momento preciso para atacar y llevarse... mi morral sucio lleno de boletos de tren y colectivo. Después lo pensé mejor y concluí que ya todo era lo suficientemente extraño como para que además le sumemos una persecución tragicómica entre un detective devenido en atacante y una chica freudiana ayudando a una pobre abuelita parapléjica. Pero mientras pensaba todo esto, iba demasiado rápido. Las vidrieras de los comercios pasaban sin que pudiera distinguir los precios de las cosas que vendían, no podría decir si ese par de zapatos salía 100 o 10000, y la vieja se me estaba descomponiendo. “Mmbujjmmgrrr ¡más despacio que me mareo!” me gritó en un momento, a lo que sólo atiné a decirle “disculpe, es que es muy difícil calcular la velocidad con tanto peso (?)” Lo último que quería era que además la vieja me vomitara, así que bajé un cambio o dos y me dediqué a disfrutar de esta experiencia.
Cuando llegamos a la esquina yo tenía por un lado la meta a tan sólo unos pasos de distancia pero, por otro lado, la rampa para silla de ruedas era de las viejas, muy angostas y con poco desarrollo de la bajada. El fin de la vereda parecía un precipicio, la calle estaba como a 50 metros por debajo del nivel del mar. Además me agarró el semáforo, quise hacerlo rápido pero había que calcular muchos factores, no era cuestión de largarla y listo. Cuando llegué a ese tremendo obstáculo me frené unos segundos para sacar cuentas, como si estuviera calculando la mejor manera de pegarle a la blanca para que entren cinco bolas de un solo movimiento, pero no había forma de hacerlo rápido. “Si la largo acá se me va a la mierda”, pensé. Y tenía razón. Así que aproveché el semáforo para dejarle bien claro una vez más que yo sólo podía acercarla hasta la otra vereda, que me tenía que ir, que me estaban esperando, cosa de no generar en ella falsas expectativas. Volvió la luz verde y una rueda se me atascó en la bajada, yo veía que la cabeza de la vieja iba para adelante y para atrás como un crash test dummy, se bamboleaba demasiado. Pero pude, pude hacer que cruzara la calle, y para subirla a la otra vereda sólo tuve que tomar envión y empujar un cacho con el hombro. En eso vi que venía un chico escuchando música con el mp3 y le hice señas. Me sonrió. Dije “este entró” y vi en su desconcierto y predisposición a la misma persona que era yo hace apenas una cuadra atrás.
Lejos, esta fue una de las experiencias más bizarras que tuve por las callecitas de Buenos Aires, que tienen ese qué sé yo. Otro día les cuento de cuando me quisieron robar el mp3 dos infantas adolescentes, pero las arreglé con un paquete de papas fritas.
El sistema era de lo más novedoso: cada uno tenía que trasladar a esta mujer durante una cuadra, con su correspondiente cruce de calle, y pasarle la posta en la vereda siguiente a quien sea que se prestara para el favor. Generalmente los jóvenes están más predispuestos a hacerlo, de la misma manera que son siempre jóvenes los que ceden el asiento en el colectivo o asisten a un cieguito para cruzar la calle. Yo venía con cara de buena gente y parada en ese límite impreciso entre la felicidad y el llanto de la post-terapia, cuando de repente alguien me llama al grito de ¡Ey! y me deja tirada a los pies a una señora en silla de ruedas que, entre lenguas, mascullaba alguna queja. No hubo tiempo para indicaciones ni pedidos de ninguna índole, pero como no soy de las personas que esquivan el bulto (además estaba en silla de ruedas, ¡por el amor de un dios!) acepté el reto sin chistar, aunque debo decir que al principio no entendía nada. La mujer tendría unos sesenta años, pelo entrecano y enmarañado, estaba muy abrigada para esa época del año (debe haber sido alrededor de octubre o noviembre del año pasado), de aspecto desaliñado, tenía un montón de bolsas sobre la falda y migas, muchísimas migas, con lo cual intuí que estaba comiendo alguna galleta o pan duro. Intenté entablar conversación, pero sólo alcancé a entender que quería ir hasta Callao (desde Uriburu hasta Callao deben ser unas 3 o 4 cuadras). La señora no era nada amable si tenemos en cuenta que era una completa desconocida a la que le estaba haciendo un favor por lo menos inusual, y ese debe haber sido el motivo por el que nadie se la aguantaba más de una cuadra; creo que ahí comprendí un poco mejor de qué se trataba todo el asunto y decidí que yo nada más iba a cumplir con mi parte de la prenda, porque cuando me dijo “mmbujjummgrrr Callao” pensé que no era tan largo el trecho y que podía hacerlo todo yo, pero esta mujer ni siquiera estaba contenta de tener compañía o charla, parecía medio loca o vagabunda pero no de las copadas, así que le dije que sólo la llevaría una cuadra porque tenía la parada del colectivo en la esquina. “Mmbujjmmgrrr está bien, pero cruzame de vereda”
Claro, nunca en mi vida empujé una silla de ruedas. Sí me subí a una y anduve un rato, una vez en una fiesta en una escuela de teatro: era parte de la utilería. Pero una cosa es andar en silla de ruedas y otra muy distinta es tener que empujar a alguien. Además toda la situación era demasiado rara, y yo nada más me la quería sacar de encima cuanto antes. Llegué a pensar que tal vez era un truco para robarme, quizás alguien iba con ella, un hombre con sobretodo me podría estar siguiendo, agazapado, esperando el momento preciso para atacar y llevarse... mi morral sucio lleno de boletos de tren y colectivo. Después lo pensé mejor y concluí que ya todo era lo suficientemente extraño como para que además le sumemos una persecución tragicómica entre un detective devenido en atacante y una chica freudiana ayudando a una pobre abuelita parapléjica. Pero mientras pensaba todo esto, iba demasiado rápido. Las vidrieras de los comercios pasaban sin que pudiera distinguir los precios de las cosas que vendían, no podría decir si ese par de zapatos salía 100 o 10000, y la vieja se me estaba descomponiendo. “Mmbujjmmgrrr ¡más despacio que me mareo!” me gritó en un momento, a lo que sólo atiné a decirle “disculpe, es que es muy difícil calcular la velocidad con tanto peso (?)” Lo último que quería era que además la vieja me vomitara, así que bajé un cambio o dos y me dediqué a disfrutar de esta experiencia.
Cuando llegamos a la esquina yo tenía por un lado la meta a tan sólo unos pasos de distancia pero, por otro lado, la rampa para silla de ruedas era de las viejas, muy angostas y con poco desarrollo de la bajada. El fin de la vereda parecía un precipicio, la calle estaba como a 50 metros por debajo del nivel del mar. Además me agarró el semáforo, quise hacerlo rápido pero había que calcular muchos factores, no era cuestión de largarla y listo. Cuando llegué a ese tremendo obstáculo me frené unos segundos para sacar cuentas, como si estuviera calculando la mejor manera de pegarle a la blanca para que entren cinco bolas de un solo movimiento, pero no había forma de hacerlo rápido. “Si la largo acá se me va a la mierda”, pensé. Y tenía razón. Así que aproveché el semáforo para dejarle bien claro una vez más que yo sólo podía acercarla hasta la otra vereda, que me tenía que ir, que me estaban esperando, cosa de no generar en ella falsas expectativas. Volvió la luz verde y una rueda se me atascó en la bajada, yo veía que la cabeza de la vieja iba para adelante y para atrás como un crash test dummy, se bamboleaba demasiado. Pero pude, pude hacer que cruzara la calle, y para subirla a la otra vereda sólo tuve que tomar envión y empujar un cacho con el hombro. En eso vi que venía un chico escuchando música con el mp3 y le hice señas. Me sonrió. Dije “este entró” y vi en su desconcierto y predisposición a la misma persona que era yo hace apenas una cuadra atrás.
Lejos, esta fue una de las experiencias más bizarras que tuve por las callecitas de Buenos Aires, que tienen ese qué sé yo. Otro día les cuento de cuando me quisieron robar el mp3 dos infantas adolescentes, pero las arreglé con un paquete de papas fritas.


7 notas ajenas:
Hacía rato que no leía algo que me hiciera reír.-
Yo una vez acompañé a un ciego charlatán por Constitución, pero tu experiencia supera con creces la mía
Mariano
“Mmbujjmmgrrr ¡más despacio que me mareo!” me gritó en un momento, a lo que sólo atiné a decirle “disculpe, es que es muy difícil calcular la velocidad con tanto peso”.
Increible. Claramente, el momento mas angustiante del relato. Solo alguien sometido a la mas absoluta presión puede escupir ese desesperado intento de disculpa.
Genial entrega Niña, sus versiones autorreferenciales son mis favoritas.
te levantaron el peso
Siii, a mi tambien me paso...esa vieja va siempre desde el village hasta callao.... pidiendole a todo el mundo que la empuje, y quejandose por la velocidad...
jajajajaja mortal el post
Anónimo: increíble que hayas pasado por la misma experiencia!! Quién sos? Capaz fui yo la que te la endocé sutilmente jajajaja qué bueno que encontraste el post! También le viste las migas? Y qué hace cuando llega a Callao, pide que la lleven de vuelta al Village???
Bizarra experiencia. La mas inquietante, para mi, es que me puede tocar a mi, pues también salgo del psicólogo en Uriburu y Las Heras (¿no será el mismo?).
Por lo demás, recién descubro el blog, está muy bueno.
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