
Del caso Ingrid Betancourt ya se ha dicho todo lo que se puede decir. Que está libre, que está flaca. Que la operación que llevó adelante el ejército colombiano se llamó “Jaque”. Que ni un solo tiro fue necesario. Entonces la libertad se parece mucho a un helicóptero blanco, que metonímicamente, es como la paloma de Picasso, ese dibujo simple y hermoso que es el símbolo mundial de la paz.
Como siempre pasa en momentos de río revuelto, hay que apresurar las tintas para meter todo en un mismo párrafo: Uribe, EEUU, Chávez, Cristina, Kirchner, Ingrid, Sarkozy, Emmanuel, papelón, libertad, FARC. Y la palabra paz dándole de comer a todas las redacciones del mundo, porque hoy Ingrid es tapa de todos los diarios (o debería serlo) y mañana será ganadora del Premio Nobel de la Paz (o deberían dárselo). Tan vacía de contenido está la “paz” que es casi como empuñar una cacerola por el “dialogo”. Si para hacer un análisis hay que cruzar varios registros, entonces vale la pena intentar desenmascarar qué se esconde detrás de un pedido global de paz para Colombia.
Lo primero que se viene a la mente cuando se habla de paz es nombrar a su contrapeso, la guerra. No se pide paz en el cielo, se pide paz en la tierra, donde todo se resuelve por choques de fuerza. Pedir paz es un deseo tan intangible como alcanzar el nirvana o perseguir una utopía. Y cualquier práctica vinculada con un pedido de paz es políticamente correcta, está bien, es humanitaria. Pero lo cierto es que en nombre de la paz se divide aún más la sociedad, porque lo público (ese lugar donde la paz no está, no puede verse, no se la consigue) pasa a ser el terreno allanado para que se apunten todos los dardos del conflicto. Es inseguro no vivir en paz, no se puede caminar tranquilo por la calle si no hay paz, los niños en la escuela no aprenden a hacer las paces, quedémonos adentro rogando que haya paz algún día en Colombia. Así las cosas, se prepara el suelo para que entren las fuerzas de la ley y el orden a actuar. “Los azules” para el diario Crónica, “la excelencia del ejército” para Colombia, “los soldados entrenados en bases militares yanquis” para el resto del mundo. No se pretende con esto desalentar las operaciones ideadas para devolverle la libertad a los secuestrados, ni quitarle crédito al final feliz de Betancourt y los catorce ahora ex rehenes (sería bueno saber también sus nombres). Pero sí es la idea pensar qué hay detrás de un pedido “desinteresado” por la paz, sobre todo cuando es de público conocimiento que entre Uribe y EEUU las relaciones son carnales. Por la paz se cometen actos de lo más desestabilizadores, se atrincheran las familias en barrios privados, se rellenan las programaciones de los canales de televisión con casos de secuestros, violaciones y descuartizamientos humanos. Toda información en tiempos de “lucha por la paz” apunta a desarticular un pensamiento crítico porque se la concibe con el fin de emocionar y conmocionar, tocar la fibra íntima de cualquier ser humano. No es casualidad que la única imagen de Ingrid en la selva sea la que se la retrataba como una virgen enferma, con el cabello largo y desprolijo; la mirada errante, perdida en la tierra. Harapienta, desorientada, como una muerta en vida. Al ver esa imagen, constante y sostenida por todos los medios de comunicación a nivel mundial, era imposible no rezar urgente por la paz para Colombia y aborrecer cualquier intento de milicia armada.
Hoy todas las miradas están puestas en la selva colombiana (ya se sabe dónde queda, ya se puede llegar), en la brillante ejecución de la operación estratégica que pergeñaron las fuerzas armadas colombianas con EEUU muy cerquita, pisándole los talones (de hecho, Uribe estaba reunido con McCain, candidato presidencial por el Partido Republicano en EEUU, cuando se enteró que la “Operación Jaque” había sido un éxito). Un personaje emblemático está de nuevo frente a las cámaras, Ingrid Betancourt, secuestrada hace 6 años y medio por las FARC, bella, blanca, mitad colombiana y mitad francesa. La prensa de todo el mundo informa hoy que la paz queda en Colombia mientras en Bolivia se preparan para la guerra y, con su ausencia, la alientan.








