domingo, 21 de abril de 2013

Instantáneas de la calle


Hace poco me metí en Instagram y estoy fascinada. Instagram es una aplicación para iPhone y celulares con sistema operativo Android, que permite subir fotos poniéndoles filtros, marcos, bordes redondeados y tiene la particularidad de que el recorte es siempre cuadrado. Eso es así porque las fotos de Instagram simulan ser polaroids, o como el amigo Fito Páez diría: Instan-táneas de la calle.

Justo ahora que Kodak -la marca que a los de mi generación y a generaciones pasadas acompañó durante toda nuestra vida, la marca a la que le confiábamos todos nuestros recuerdos-, entró en quiebra, las fotos instantáneas están más vigentes que nunca. Ironías de la vida.

Lo que encuentro fascinante de Instagram no es solamente la instantaneidad ni el hecho de que al ser una red social, me permite estar en contacto con todos mis conocidos por otra vía, además de Facebook y Twitter. Esas son todas cualidades muy valorables, pero que por sí solas no logran que una herramienta sea exitosa. El verdadero éxito de Instagram tal como yo lo entiendo, radica en la belleza. En la posibilidad concreta de que todos los usuarios -desde el más experto hasta el menos, desde el que tiene el mejor celular hasta el que tiene uno medio pelo- se sientan capaces de tomar buenas fotografías. Instagram propone un acercamiento al “octavo arte” (recordemos que las artes en principio son seis: arquitectura, danza, escultura, música, pintura, poesía -literatura-; a las que se le suman en séptimo lugar el cine; en octavo, la fotografía; y en noveno, la historieta). Ese acercaminento es bastante precario, pero no por ser básico resulta menos interesante.

Algunos critican esta aplicación porque le da al usuario todo demasiado masticado, al punto que con sólo apretar una serie de botones se puede elegir un encuadre, un filtro, un marco y publicar el resultado final en cuestión de segundos. También están los que argumentan que no hay originalidad en las fotografías, ya que la plantilla de filtros o efectos está predeterminada y es siempre la misma, lo que implica que todas las fotos terminen siendo parecidas, como serigrafías de una obra que al tener miles de reproducciones idénticas deja de ser original y -por eso mismo- es expulsada del arte.

Todo eso es cierto y si yo fuera fotógrafa o crítica de arte, probablemente me molestaría. Pero como no soy nada de eso, puedo disfrutar de Instagram sin culpa y decir abiertamente que me parece un gran invento. Al principio, cuando ni conocía de qué se trataba porque no tenía un celular que soportara Instagram, miraba las fotos que algunos de mis amigos compartían en Facebook y me parecían hermosas, llenas de colores vintage que me provocaban una tranquila nostalgia. En mi casa teníamos una polaroid marca Kodak que jamás pude ver funcionar porque los rollos eran muy caros y difíciles de conseguir, pero sí sobrevivieron varias instantáneas que retrataron mi infancia y la de mi hermano, y probablemente esté hablando de las fotos más hermosas que tengo. No por su calidad artística, pero sí por su materialidad y el mágico mundo de inmediatez que escondían. Cuando por fin pude comprarme un celular con Android, Instagram fue una de las primeras aplicaciones que me bajé, e ingresé a un espacio virtual donde la búsqueda de la belleza está a la orden del día.

Uno va por la vida buscando momentos instagrameables. Esos momentos Kodak que antes se reservaban para ocasiones especiales, ahora pueden aparecer en cualquier lugar y a cualquier hora. Hablo de objetos, personas, reuniones, transeúntes, autos, comidas, viajes, zapatos, looks, tragos, mascotas (los gatitos son muy famosos en Instagram) y cualquier cosa que ande por ahí y le despierte al ojo agudizado la necesidad de quedar plasmada en unos pocos kilobytes.

Instagram hace que ahora vaya por la vida buscando reductos donde se aloje la belleza, o inventando esos espacios. Y yo no sé qué piensan ustedes, pero para mí ampliar las posibilidades de contacto con la hermosura es siempre un objetivo, que con Instagram se logra: auténticas instantáneas de la calle.















sábado, 23 de febrero de 2013

¡Que te mueras bonito!




No es ninguna novedad que el tema de la muerte me llama mucho la atención. Ahí están todas las crónicas de cementerios -que (me) prometo, serán más- haciendo honor a esta suerte de fascinación que me atrapa. La pregunta de por qué meterse con un tópico tan delicado esconde en sí misma la respuesta: me gustaría que la muerte no fuese un tópico tan delicado. Realmente, me gustaría que pudiéramos hablar mucho más seguido de la muerte. Algunos dirán que estoy equivocada, replicarán que no leo los diarios ni veo la televisión, espacios en los que sin dudas reinan noticias de muerte a toda hora. Es que comprenderán -si es que tienen ganas de abordar la temática desde otro punto de vista-, que cuando hablo de convivir con la muerte como un tema cotidiano, no me refiero precisamente a desayunar, almorzar, merendar y cenar asesinatos, carne y sangre. La muerte como noticia disciplinadora, propagadora del miedo y auspiciante del morbo nacional no es lo que me inspira. Estoy hablando de vivir la muerte de otra manera, estoy hablando de celebrarla.

El otro día, haciendo zapping arriba y abajo por la grilla de Telecentro, aterricé en Incaa TV donde inmediatamente mi mirada se clavó en imágenes de ataúdes. Eran construcciones de madera tan despojadas de todo atisbo de elegancia, que no pude más que quedarme mirando hasta el final. Las personas que daban testimonio, dueños de una funeraria más parecida a un taller mecánico que a suntuosas casas de sepelio, hablaban con una tonada centroamericana que al principio pensé que eran mexicanos, pero el relato me fue contando un poco más. Se trataba de un documental salvadoreño llamado “Entre los muertos”, del director Jorge Dalton García. Allí, mediante una serie de entrevistas y dividido en varios capítulos, el cineasta -salvadoreño también- proponía un acercamiento a los ritos de la muerte en un país como El Salvador que, según me entero después, convive con tasas muy altas de criminalidad y violencia. Un poco la idea del largometraje es la de superponer el costado más terrible de una sociedad atemorizada con otra cara de la misma moneda: la manera que tienen los salvadoreños de procesar la muerte, producto muchas veces de hechos de delincuencia.

Las personas que confeccionaban los ataúdes, hombres de mediana edad pero también una señora en sus sesenta, hablaban sobre su quehacer diario como si se tratase de repositores de un supermercado. Unos contaban que si durante la jornada laboral les daba sueño, no tenían ningún problema en echarse una “siestecita” adentro del cajón, lo que me hizo acordar del hallazgo del año: el comercial peruano de la Funeraria López, saludando a todos sus clientes en Navidad. La señora, por su parte, no tuvo más remedio que hacerse cargo del negocio familiar cuando su esposo falleció. Antes no sabía de qué se trataba, ahora es ella misma quien cose la tela del interior de los ataúdes para mayor confort de “los muertitos”. Así, hablando en chiquitito, cariñosos y pícaros, los salvadoreños sin saberlo le están dando una lección a las culturas que, a fuerza de civilizarse, perdieron todo contacto con sus tradiciones más profundas.

En Argentina, por ejemplo, hubo un tiempo hermoso en donde también se festejaba con impulso el Día de los Muertos, quizás llamado de otra manera, Día de los Santos Difuntos puede ser que se haya conocido por acá la celebración que todos los 2 de noviembre convierte a México en una suerte de carnaval de ultratumba. Es una tradición prehispánica que continúa hasta el día de hoy, con fuerza en algunas regiones más que en otras otras, donde la carrera por ser lo que no son las llevó a darle más importancia a festividades foráneas como Halloween, dejando de lado una celebración autóctona de más de 3000 años de historia, que hace reconocido a México en todo el mundo.


Día de los Muertos en México
El Día de los Muertos es otra manera de recordar a los difuntos, mucho más festiva, alegre y colorida que la que tenemos por acá (si es que tenemos una). El aniversario de la muerte de alguien cercano se suele vivir con un silencio y una tristeza que poco ayuda a superar el hecho de no ver a esa persona nunca más. En cambio, para empezar, el Día de los Muertos en México, no corresponde al aniversario de la muerte de nadie en particular. La creencia ubica al 2 de noviembre como el día en el que las almas de los muertos retornan a sus hogares, por eso las casas se decoran con parafernalia alusiva, como guirnaldas hechas especialmente para la ocasión, cráneos con flores, comida para el difunto como el Pan de Muerto, flores que le indican a las ánimas el camino de regreso. Los cementerios se llenan de gente que en el Día de Muertos van a hacerle honor a sus “muertitos” y los que viven lejos de la tumba de sus seres queridos, preparan un altar en sus casas, con el retrato del fulano en cuestión en primer plano. Es un día dedicado a la memoria, pero también a la vida que vendrá.


Día de los Muertos en El Salvador
En el documental “Entre los muertos” también había un capítulo dedicado a esta celebración en El Salvador. Las imágenes mostraban algo que yo no podía creer, que me provocaba una emoción profunda y sinceras ganas de experimentar alguna vez algo semejante. Familias enteras se reunían alrededor de sus tumbas, las decoraban con flores y guirnaldas, llevaban sillas, reposeras y hasta mesas para improvisar un pic nic en el cementerio que, valga la aclaración, nada tenía que ver con el aspecto despojado y acéptico de los cementerios parque que tanto abundan por acá. Hablo de tumbas de barro, cruces de madera y tierra apisonada. Hablo de gente sin dientes y sombreros panamá, también de mujeres gordas y de chicos con los mocos colgando. Hablo de piel curtida y de surcos en la cara tan profundos como el arado. Hablo de todo un pueblo saliendo en masa a tomarse el colectivo que dice CEMENTERIO, muñidos todos ellos de cualquier cantidad de artefactos para pasar el día al aire libre. Un cementerio devenido en camping por la fuerza de la tradición. Chicos con juguetes y familiares que de tanto chupar cerveza se tiran a dormir la siesta ¡arriba de la tumba! Pero también feriantes, puesteros, cocineras, vendedores ambulantes, limpiadores de sepulturas y toda clase de comercio dándose cita en el mismo lugar, aprovechando la confluencia de gente pero también el buen espíritu de compartir y celebrar. Porque todos están ahí para divertirse, para pasar un buen momento, para hablar de sus muertos con una sonrisa, algo que en esta esquina del mundo parece imposible de lograr.

No hay luto, no hay llanto, no hay tragedia, no hay soledad. La muerte puede ser entendida de otra forma. Y la muerte entendida de otra forma puede significar más vida. ¿Seremos capaces de reinterpretarnos, de superarnos, de animarnos a no llorar más? Celebrar la muerte, la ausencia, y el aprendizaje que obligatoriamente hacemos con ella -sin ellos-, aunque más no sea para variar. Por ahí va.

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Les dejo una parte de “Entre los muertos”, la única que encontré en internet. Si alguien sabe dónde lo puedo conseguir, tiene link de descarga o una copia que gentilmente me quiera donar, lo agradeceré.



miércoles, 13 de febrero de 2013

La costa atlántica

Mar del Plata, señor que cuenta chistes, familia argentina


Después de muchos años de no pasar mis vacaciones en la costa atlántica, me tocó venir en enero y febrero de 2013 primero a Villa Gesell y después a Mar del Plata. No son viajes que yo hubiera querido hacer, eso seguramente juegue en contra de mis apreciaciones, haga que lo tiña todo de negro o empañe por momentos los recuerdos tal vez felices que pueda albergar mi memoria. Pero no es solamente el hecho de encontrarme aquí contra mi voluntad lo que motiva estas líneas, hay algo más, un sentimiento raro que flota por el aire y se pegotea en mi piel como la brisa marina. Vamos a empezar por el principio.

Cuando yo era chica, muy pocas veces tuve la posibilidad de irme de vacaciones con mi familia. Y las veces que lo hicimos, siempre eran viajes relámpago de unos pocos días en los que mi papá estaba de buen humor y decidía arbitrariamente que ese verano se merecía unos tres o cuatro días de descanso. Le daba instrucciones a mi mamá para que armara unos bolsos y decretaba que al otro día bien temprano nos íbamos todos a la costa, muchas veces sin lugar definido. Mi mamá nunca le decía que no a una propuesta como esa, seguramente porque era la única oportunidad en la que mi papá tomaba las riendas en el asunto y eso solo ameritaba seguirle la corriente. También porque mi vieja siempre le dijo que sí a cualquier plan que sonara divertido, que la sacara de la cocina, de la rutina. Recuerdo entonces que el día anterior a salir a la ruta mi papá guardaba el auto de culata en el garage. Nunca sucedía eso a menos que estuviéramos por irnos de viaje. El auto de culata implicaba que esa noche teníamos que cargar el baul con todos los bártulos necesarios para pasar el fin de semana afuera: bolsos, cajas con comestibles, la heladerita, juguetes, a veces la carpa y todos los chirimbolos pertinentes. Era una felicidad enorme colaborar con la tarea de llenar hasta el tope el baul del Torino, del 504 o del Renault 12. Creo que una vez también viajamos en la Renauleta roja, pero eso no sé si sucedió o si mis recuerdos se chocan con las excursiones domingueras a la casa de la abuela Rosa. Cargábamos todo y nos íbamos a dormir temprano con una sonrisa de oreja a oreja, y con mariposas en el estómago porque al otro día antes del amanecer nos iban a despertar, a mi hermano y a mí, y con lagañas todavía en los ojos íbamos a subirnos al auto dejando atrás lo conocido. Dejando atrás a Bronco, a Timotea y a Arquímedes, nuestras mascotas. Dejando atrás la calle Bourquet y a los vecinos que ya habían sido alertados de nuestra pequeña fuga y se quedaban atentos a cualquier movimiento sospechoso en la cuadra. Por aquellos años, nuestros cuerpitos infantiles entraban cómodamente en un asiento trasero de cualquier auto, por más pequeño que fuera, con heladerita conservadora en el medio, que oficiaba durante el viaje de mesita apoya pelotudeces. Sobre ella jugaríamos a las cartas, nos pelearíamos con mi hermano, y recostaríamos nuestras cabezas cuando el madrugón nos empezara a pasar factura.

Cuerpitos infantiles emocionados por salir a la aventura, eso éramos mi hermano y yo los días en los que papá se sentía libre.

Tan libre era mi viejo en esos días que se permitía la osadía de escuchar música y hasta cantar. Recuerdo especialmente un cassette de Virus que sonó durante todo el viaje, mietras mi mamá nos daba té con galletitas que servía cuidadosamente en la tapa de un termo. No había parada para comprar medialunas en Atalaya. Había algo mejor: los yogures gratis que te daban cuando pasabas por La Vascongada, y muestras gratis de agua Villa del Sur cuando cruzabas un peaje. Eran regalos, la vida nos premiaba por salir de vacaciones en familia.

Pero todo lo bueno esconde, en su interior, la amenaza de que algo malo está por pasar. Quizás de experiencias como esta haya nacido lo que yo llamo “la maldición de los Iñiguez”. Debo ser sincera y reconocer que por suerte hace mucho tiempo que esta maldición no la vivo en carne propia. Pero sobre todo cuando era chica, la maldición se presentaba con demasiada frecuencia. La maldición de los Iñiguez consistía, básicamente, en que cuando comprábamos algún electrodoméstico nuevo, pongámosle un equipo de música o la videocassettera, siempre pero siempre había algo que fallaba y debíamos recurrir o a la garantía o a algún experto que nos arreglara el inconveniente. Eso demoraba la diversión, enojaba a nuestros padres, nos ponía ansiosos a mi hermano y a mí, es decir, tornaba en un incordio y un problema lo que supuestamente tenía que traernos confort y felicidad o, al menos, la ilusión de no ser siempre lo más pobres de la cuadra. “La maldición de los Iñiguez”, así la llamé yo secretamente, nunca lo comenté con nadie. Pero es que yo ya lo sabía. Llegaba un artefacto nuevo a casa y yo ya sabía que tendrían que pasar semanas y a veces hasta meses para que ese pequeño saltito tecnológico nos trajera un cachito de progreso al hogar. Yo ya lo sabía, siempre lo supe. Como supe siempre que esos viajes relámpago a la costa terminarían mal.

Sucedía lo mismo, una y otra vez. Nunca tuvimos ingresos que nos permitieran vivir holgadamente, al menos no desde que yo vine a este mundo. Mi hermano, unos cuatro años mayor que yo, quizás tenga recuerdos de una época dorada. En cambio los míos siempre fueron más bien tirando a bronce o hasta diría que barro. Los tiempos de cambiar el modelo de auto todos los años es algo que sólo lo viví a través de los relatos de mi madre, porque en la experiencia propia no hubo nada de eso. Entonces salíamos a la ruta embarcados por la felicidad paterna que no conocía límites, mientras que en el asiento trasero se iba pergeñando una mente perversa, retorcida, incrustada en un cuerpecito infantil de una niña que muy a su pesar, siempre fue super despierta. Esa mente era la mía, que después de pasar inviernos empujando el 504 a las 6 de la mañana porque la helada lo congelaba, algo entendía. Algo me hacía sospechar que ese viaje que estaba a punto de emprender con mi familia no iba a salir del todo bien. La ruta nos iba a traicionar, el auto no estaba preparado para tanto kilometraje. Se iba a romper el burro delantero, la bujía, el radiador, la palanca de cambios, o lo que mierda fuera. Porque no hubo vez en todos los muchos o pocos viajes de medio término que hicimos, en los que no le pasara algo al auto. Hasta recuerdo que una vuelta mi hermano, ya bastante crecidito, se empacó con que quería llevar la bicicleta. Se la ataron al techo del auto, prolijamente embolsada, y la bolsa embolsó -claro está- el viento de la ruta todo el viaje hasta que en un momento la bolsa, las cuerdas y la bicicleta cedieron. La bici nueva con cambios se echó a volar libre como un pájaro, hasta terminar aplastada bajo un camión con acoplado que nos venía pisando los talones. La maldición de los Iñiguez. Frenada en la banquina, gritos, puteadas. Un señor corriendo por el medio de la ruta en busca de su objeto perdido. Una madre con los nervios destrozados. Dos hijos que se miraban atónitos, uno entristecido, la otra, apuntando una más a la lista mental de tragedias en temporada alta.

Y cuando no sucedía algo estrambótico como una bicicleta rompiendo las cadenas de la opresión y echando a volar, el auto se rompía, obligándonos a parar en el primer taller de morondanga que encontrábamos por ahí, perdiendo tiempo y dinero (sobre todo dinero) en lo que de antemano yo ya sabía que iba a suceder. La maldición de los Iñiguez me marcó de por vida, siempre que había una alegría, algo malo tenía que pasar. Por eso para mí la costa atlántica es un sitio endemoniado, hostil, que siempre viví con culpa porque esos pesos que a mi viejo se le iban en el arreglo del auto incluso antes de llegar, implicaban cara de orto, reproches, en resumidas cuentas, un final trágico donde sólo debió haber habido risas.

Ahora estoy en la costa en otro plan, un poco menos desesperante que el hecho de tener dos pesos con cincuenta en el bolsillo y gastar cinco en el arreglo del auto, pero no por eso más llevadero. Tuve que ir una semana a Villa Gesell a fines de enero y otra semana en febrero a Mar del Plata. Más allá de la razón particular que me trajo hasta acá, es interesante observar que la dinámica vacacional de la típica familia argentina no se ha corrido un centímetro en todos estos años. Ahí tenés a todos los integrantes de la familia levantándose bien temprano para ir a hacer playa el día entero, trasladando a cada paso que dan una mudanza completa que incluye desde la sombrilla y las reposeras hasta el perro. Se instalan desde bien temprano en una playa que todavía no terminó de despedir a los pendejos que se rompieron la cabeza la noche anterior, hasta que poco a poco de la hectárea que tenían toda a su disposición no va quedando ni espacio para respirar. Pegoteados, hacinados, hinchados las pelotas de tener que cumplir con el ritual del turista argentino, sin embargo, resisten. Lo hacen por los nenes, porque es la primera o la decimocuarta vez que ven por primera vez el mar. Lo hacen porque pagaron fortunas para decir presente en la costa en temporada alta. Pero, fundamentalmente, lo hacen porque si no lo hicieran, tendrían que verse las caras con sus esposos, sus mujeres y sus hijos, y ya que durante todo el año se contuvieron la pulsión asesina de barrer de un escopetazo a toda la familia, deciden esperar quince días más.

Toda la idea de la vacación en familia es de una crueldad bastante grande, que termina poniendo nerviosos a todos y se convierte en un momento muy propicio para que los matrimonios que ya no se toleran ni un poco, ventilen a los gritos sus problemas cotidianos mientras caminan en procesión por la peatonal. “Yo te dije que era para allá y vos no, te empecinaste con que era para acá. Nos la pasamos dando vueltas, no ves que sos un boludo” “Callate porque mañana no me ves más la cara”, y otras delicias que tuve la oportunidad de escuchar por estos días. A veces da la impresión de que la gente que colma una ciudad de la costa atlántica toda junta, durante el breve suspiro que es una quincena de enero, la viene a pasar mal. Buscan lugares donde no se puede entrar, eligen esperar horas en la vereda hasta que les den de comer, valoran más una salida si de antemano ya saben que se llena y hay muchas chances de estar apretados o, directamente, quedarse afuera. El turista nacional en época estival pierde el control de sus acciones y es arrastrado por una ola de calor y humedad hacia las peores trampas del comercio de temporada. Al mismo tiempo que todo le resulta hermoso, también le parece un afano. Así como cuando es un afano, más fácil es que le vendan un buzón. Al lado del maní salado sin cáscara que es el cerebro de una familia tipo en vacaciones, la tabla del uno es una ecuación que hay que resolver contrareloj a riesgo de que vuele por los aires la Casa Blanca. Y, en el medio, los chicos. Da la sensación de que durante enero y febrero los chicos adquieren una multiplicidad aterradora. Salen de adentro de los baldesitos de playa, están diseminados por la orilla todo a lo largo de los 1200 kilómetros de costa, aparecen escondidos abajo de la arena cuando les estás por apagar un pucho en la cara. Los chicos, las criaturas, esos pequeños demonios que consumen toda la plata, energía y sentido del humor de una pareja que atinó a echarse un polvo sin protección antes de plantearse qué hacer con sus vidas.

Hay mucho de toda esta antropología urbana que estuve realizando que despierta a la fiera que tenía aplacada. Es como si “la maldición de los Iñiguez” haya dormido agazapada en un rincón de mi inconsciente esperando el momento justo de atacar. Yo atrapada en este espiral de días que se suceden uno atrás del otro sin que nada los caracterice, con los mismos granos de arena alrededor, la misma ola, siempre el señor de la misma sombrilla, siempre la sonrisa atenta de la misma señora que te cede el paso para bajar la escalera. Pero a la vez entiendo que la maldición de los Iñiguez puede ser también la de los López, los González, los Soler. Cada familia ensimismada en su cotidianeidad, jugando a que son libres durante un rato mientras los dueños del mundo se hacen los distraídos.

martes, 22 de enero de 2013

Día de la creación




Como ya es costumbre, cada vez que viajo voy a conocer el cementerio de la ciudad en la que estoy parando. Esta vez con @mc__ fuimos a Rio de Janeiro, y nos quedamos en un hostel en el barrio de Botafogo. Para mi sorpresa, cuando agarramos el mapa de Rio para constatar dónde estábamos parados, encontré que el depósito de huesos carioca quedaba muy cerca de nuestro hospedaje, así que una mañana salimos a caminar por el barrio y terminamos caminando entre tumbas. Hacía mucho calor, mucho. Aunque uno tome todos los recaudos, el sol siempre te termina ganando. Es como si hasta las 6 de la tarde siempre fuera mediodía. En una temí por la vida de @mc__, que tuvo que sentarse entre lápidas de mármol negro porque era el único sitio en donde había un poco de sombra. A raíz de ese episodio, concluí que no debe ser fácil ser un deudo como Dios manda con tanto calor. Mínimo, hay que ir al cementerio con una botella grande de agua.

Lo que más me llamó la atención es que para una ciudad con más de 11 millones de habitantes –dato del2010 que figura en Wikipedia-, el cementerio que fuimos a ver realmente era un cuchitril. A no ser que tuviera 14 subsuelos (no los tenía), no hay manera de que solamente allí se entierren todos los muertos de Rio. Entonces algo raro está pasando: o los mapas escatiman información, o los vivos se deben estar comiendo a los muertos que no merecen santa sepultura. Elijo pensar lo segundo, por supuesto.

Otra cosa realmente curiosa es que para lo festivos que son los brasileros, el cementerio de Rio es un predio aburrido, sin color. Cuando me enteré de lo cerca que estaba del cementerio, no sólo me alegré por la coincidencia, sino que me había generado mucha expectativa pensar que iba a pisar uno de los cementerios más originales del planeta. Te dicen Rio, te dicen cementerio, y automáticamente pensás que las tumbas tienen forma de carroza de carnaval, que de las cruces cuelgan plumas y lentejuelas, que en lugar de un silencio sacro vas a encontrar parlantes que pasan samba todo el día. Bueno, sacate esa idea loca de la cabeza. En Rio los cementerios son incluso más aburridos que caminar por el microcentro. Una tumba de Chacarita no tiene nada que envidiarle a una de Rio, por más ciudad cosmopolita y playas increíbles que tengan los cariocas. Se demuestra eso de que la alegría no es sólo brasilera, o de que la nostalgia no es sólo porteña, como prefieran.



Eso por el lado de los contra. Ahora es el turno de hacerle honor a lo que predico desde hace ya siete (esta es la octava) columnas sobre cementerios nacionales e internacionales (epa!) y equilibrar la balanza. Porque todo cementerio tiene algo que te interpela, que te habla, que te emociona de alguna manera particularísima y personal. Recuerdo el de San Marcos Sierras como uno de los cementerios que más me entusiasmaron, pero también el de Ushuaia me pareció hermosísimo, el de Lanús fue toda una experiencia conurbana que viví junto a @matigontan, como tantas otras. El de Montevideo me había parecido muy interesante, aunque apenas pude recorrerlo durante unos breves minutos. En fin, todos tienen algo, no veo por qué el de Rio de Janeiro no habría de tenerlo. Y en este caso, el cementerio de Rio tenía una vista increíble a las favelas. Las casitas de colores trepadas a los morros coronan el paisaje, y en una punta a lo lejos se distingue el Cristo Redentor, el mayor monumento a la Iglesia Católica existente más allá del Vaticano. No me importa el Cristo porque no me importa la religión, pero es imposible negar que sería bonito morar eternamente a los pies de Jesucristo nuestro señor.  




domingo, 16 de septiembre de 2012

Maravilla vs. Chávez Jr.: La pelea de nuestras vidas


El fenómeno Maravilla Martínez me hizo pensar de nuevo en el boxeo. Y digo “de nuevo” porque quizás haya pensado alguna vez, mientras veía Rocky o mientras metían en cana a Monzón. Después no pensé más, seguramente hasta que la Hiena Barrios atropelló a una embarazada no lo volví a pensar. Ni siquiera lo tuve en cuenta cuando Campeones lideraba el rating, ni cuando estaba al aire Contra las cuerdas, ni ahora que empezó Sos mi hombre, así como tampoco lo pensé a propósito del reciente estreno de la película La pelea de mi vida, todas las producciones con protagonistas boxeadores. No pienso en el boxeo porque, aún sabiendo que es un deporte que convoca a mucha gente, hace rato que se terminó esa época dorada de los grandes boxeadores argentinos. ¿Hace cuánto que no hay una pelea en el Luna Park? Entonces el boxeo hoy, para mí, es la idea del boxeo de otra época, por eso existe (o subsiste) más como novela, como plot de ficción, que como deporte verdaderamente convocante, al que los fanáticos acuden en busca de un buen espectáculo.

Sin embargo la pelea de anoche entre Maravilla Martínez y Chávez Jr. recuperó un poco de aquello que imagino debía suceder en la gente cuando peleaba Monzón o, mejor aún, Ringo Bonavena. Todos esperando con ansias que llegara el momento de salir al ring, todos hablando por primera vez de una pelea de boxeo, sabiendo los kilos que pesaba cada contrincante, las fortalezas y debilidades, las declaraciones previas que le pusieron condimento a la pelea. De alguna forma, Maravilla Martínez me hizo vivir algo que no había vivido nunca, y me hizo pensar en algo a lo que no le había dedicado tiempo.

Inevitablemente asocio el boxeo con la violencia física, por más que me digan que hay reglas, hay técnica, hay preparación y hay límites, el boxeo es el arte de cagar a trompadas al otro a la vez que evitar que te caguen a trompadas a vos. Todo lo que convierte a los golpes en un deporte se lo dejo a quienes lo practican, para que lo aprendan y lo apliquen. Yo solamente quiero hablar de lo que provoca una pelea en el espectador. Y me parece que en un país donde la violencia doméstica es un problema serio, donde todas las semanas tenemos casos graves de violencia de género que terminan en muerte, donde se dan a conocer casos en los que el golpeador dejó en coma a su mujer, lo condenan a prisión y ella se arrepiente de haberlo denunciado y lo quiere en libertad, se me ocurre que fomentar el boxeo en el medio de todo esto es un poco jugar con fuego.

Anoche mientras miraba de reojo la pelea entre medio de hombres que no paraban de alentar, lo único que tenía presente era un puño yendo de lleno contra la cara de otra persona. Eso era todo, esa era la finalidad. Dar y recibir piñas. Pero del otro lado del ring, lo que se escuchaba era el deseo de que uno de los dos acabara en el piso, sin aliento, ensangrentado y pidiendo piedad. Yo sentía todo el tiempo que el grito de la hinchada era -aunque sin decirlo- “rematalo”. Dale, pegale más fuerte, no te dejes ganar, no seas cobarde, prometiste el título, prometiste que le ibas a bajar los dientes en el sexto round, hacelo mierda, matalo, tenés que ganar. Ese era el coro unánime que brotaba de los más inocentes televidentes, que tampoco eran muy asiduos a este deporte porque antes de Maravilla no pasó nada en la historia reciente del boxeo argentino. Y mientras los golpes iban y venían, yo no podía dejar de pensar en esa campaña contra la violencia de género “sacale tarjeta roja al maltratador” que, por suerte, pasan cada dos por tres en la tele, sobre todo en la TV Pública, canal que sin embargo promocionó con bombos y platillos que transmitiría en vivo desde Las Vegas la tan esperada pelea entre Maravilla Martínez y Chávez Jr.. Me pareció contradictorio, sobre todo cuando se están haciendo esfuerzos muy grandes por instalar el problema de la violencia doméstica como un tema grave que hay que atender urgentemente, porque por más que me digan que el boxeo es un deporte super regulado, que nadie piensa en matar a nadie cuando está arriba de un ring ni cuando se mira una pelea, lo cierto es que al otro día de la consagración, de lo que se habla es de cómo le quedó la cara al pibito que perdió.

A propósito de todo esto que planteo, que por supuesto no tiene que ser la verdad absoluta sino simplemente una opinión, algo que se me ocurrió pensar cuando no estaba pensando en nada, @llamamechamame en Twitter me dijo que sí, el límite entre la violencia y el boxeo es difuso pero que el deporte domestica la violencia, la aplaca, supongo que porque la contiene, le pone límites, la inscribe dentro de un juego en el que hay reglas. Tiene sentido pensarlo así, contribuye un poco a calmar la angustia que me dejó ver que dos tipos que suben a un escenario en perfectas condiciones se retiran con la cara desfigurada. Pero no olvidemos que el fondo de la discusión, al menos de la que intento expresar, es otro. El ángulo desde donde observo todo es de la pantalla de televisión para afuera, no de lo que sucedió en Las Vegas sino de lo que pudo haber provocado en quienes estaban mirando la pelea. En mi caso esta angustia y un montón de ideas que tratan de encontrar un cauce, pero en otros casos andá a saber si no se le despertó a alguien las ganas de salir a desquitarse.

La TV Pública tuvo su gran noche, la pelea midió 25 puntos de rating, fue una gran apuesta del canal estatal por llevarle a todos los argentinos un espectáculo deportivo de primer nivel y totalmente gratuito. Me parece perfecto, me encanta que desde el Estado se comprenda cómo funcionan los medios. Pero no deja de parecerme contradictorio que desde la misma pantalla que se advierte constantemente sobre la violencia doméstica, se televise a dos tipos dándose sin asco hasta que uno cae al suelo. Acepto que me digan que es exagerado mi pensamiento, quizás mañana piense distinto. Pero hoy tenía ganas de decirlo, porque no entiendo al boxeo como un deporte limpio. Lo siento, para mí es brutal y no transmite un mensaje del que pueda rescatarse algo bueno.