domingo, 24 de agosto de 2014

Volver al pasado

-La imagen es sólo de carácter ilustrativo-


El almacén de Mario y Cristina queda en la esquina de mi casa de Luis Guillón. Esa esquina fue un almacén desde el inicio de los tiempos, no hay registros de que alguna vez haya sido otra cosa. Es una esquina con entrada en la ochava y un paredón blanco y grande en un costado en el que mandaron a pintar -con letras muy grandes y en color verde- ALMACÉN, para que no queden dudas.
Cuando era chica, en la vereda de esa pared que era de tierra y lo sigue siendo, con mis amiguitos del barrio jugábamos a la bolita y hacíamos opi.
Ese es el tema, el encanto y también el rechazo, con el almacén de Mario y Cristina: que todo lo que fue, sigue siendo.

Hacía fácil más de 15 años que no entraba a comprarles nada. Primero, me ponía muy incómoda que Haydeé, la vecina de enfrente que tiene más berrugas que espalda, de repente se mandara del otro lado del mostrador y se cortara el fiambre sola. ¿¿Qué es esa anarquía?? Me parecía muy caótico, faltaba que se pusiera en la caja y empezara a cobrarnos a todos.
Segundo, que no había manera, ni siquiera remotamente, de que no entraras ahí y los presentes no supieran con lujo de detalles todo sobre tu vida. Si te hiciste señorita, si tus papás se pelearon o si el otro día comiste algo que te cayó mal. Cada vez que mi mamá pronunciaba las palabras “cruzo a comprar algo, en seguida vuelvo”, tardaba más de dos horas. Se pueden imaginar que se quedaba conversando un poquitito de más.
Y tercero -tal vez el punto más decisivo, el episodio que más me impulsó a llegar a la conclusión de que no quería ir nunca más a ese lugar-, fue cuando una vez una vieja asquerosa a la que yo no había visto nunca en mi vida, me miró de arriba a abajo y dijo: “¿Esta chica es la hija de Ángela?”. Sí, le respondieron. “Ah, qué cara de seria que tiene”, remató la vieja nefasta. Inmediatamente ahí volví a mi casa y le dije a mi mamá que la próxima vez que necesite algo cruce ella a comprarlo, porque yo no quería ir más. Eso pasó hace 15 años, más o menos. Y cumplí mi promesa de no pisarles más el boliche.

Pero tengo recuerdos de todo lo otro que también es el almacén de Mario y Cristina. Hay anécdotas, mitos y verdades, de todo lo que pasó en ese comercio de barrio, que incluyen también al ser oscuro, sin rostro, que les alquila el local y vive atrás del mismo, ingresando por una reja y un pasillo que queda al costado de la puerta principal. Sobre todo, los recuerdos que mejor conservo, tienen que ver con la disposicón de las cosas. Sin dudas mi preferido siempre fue el sector de las galletitas, que no era más que una estantería llena de cajas de cuando las vendían por peso, y un mostrados con una balanza a la que Cristina acudía abandonando por un momento la caja registradora, para ir a venderte ¼ de Melba de las posta, las que venían sueltas. A un costado de ese mostrador estaba la heladera de los lácteos, con una puerta corrediza que siempre se trababa. Justo enfrente, tenían ubicada la estantería donde exhibían la yerba, el vino y no sé qué más. Y después, más allá, al fondo de lo que sería el paredón que dice ALMACÉN pero del lado de adentro, se encontraba el sector ALMACÉN propiamente dicho, como no podía ser de otra manera.
Ahí esperaba -dueño, amo y señor de la heladera-mostrador, gobernante de la cortadora de fiambre y guardián de las estanterías colgantes- ahí esperaba Mario, quien siempre con su mejor cara de frustación me saludaba: “¿Qué hacés, Estefi?”.

Aceite, queso rallado, fiambre, latas de atún. Eso era más o menos lo que uno iba a comprarle, algo para salir del paso, algún ingrediente que faltaba para la comida de la noche. Después del pedido, había que dirigirse a la caja donde Cristina había vuelto a ocupar su lugar, para pagar e irse lo más rápido posible. A veces el precio estaba marcado en el paquete, a veces Mario le gritaba a Cristina lo primero que le venía a la mente y ella marcaba, cuidando siempre de redondear unos centavos para arriba. Le dabas la plata y Cristina apretaba un botón que supuestamente tenía que disparar la gaveta de los billetes. Bueno, no. Desde que ese almacén es almacén y desde que yo tengo memoria, a Cristina nunca le anduvo el sistema del botoncito. Estaba -estuvo- siempre roto. En su lugar, Cristina había encontrado una alternativa manual que de tantas veces que la vi hacerlo, pasó a ser lo más normal del mundo: levantaba la registradora unos 45º, metía una mano y accionaba un mecanismo que hacía que el cajón cediera y saliera por fin disparado. Ni siquiera cuando les entraron a robar y a Cristina una bala se le alojó en el brazo, Mario fue capaz de pegar un salto de calidad de vida y comprar una caja regristradora nueva. Con un brazo enyesado y atado al cuello con un delicado pañuelo, Cristina se las seguía arreglando para destrabar esa gaveta manualmente. Algo que si hoy te ponés a pensar, roza peligrosamente con la violencia de género, no sólo por el balazo recibido, si no más bien por la total indiferencia de Mario para atender el problema.

Todo esto que les cuento me brota a borbotones porque hace poco tomé coraje y un domingo que fui a visitar a mi mamá y hacía falta una gaseosa, crucé al almacén y me animé. Me animé a entrar después de tanto tiempo, me animé a enfrentarme con mi pasado y volver a comprar. No lo voy a negar: tomar esa decisión no fue nada fácil, pero en algún punto me sirvió para comprobar que durante todos estos años en los que yo creí que nada había cambiado, efectivamente nada cambió. A no ser que tomemos por cambio la decisión -seguramente idea de Cristina porque a esta altura ya de Mario no espero nada- de poner en el medio del local una mini oferta de verdulería con lo básico para, de nuevo, salir del paso: papa, zapallo, tomate, lechuga y pará de contar. Por lo demás, la puerta de la heladera exhibidora se sigue trabando, la yerba todavía está ubicada al lado del vino en una suerte de libre interpretación de “la biblia y el calefón”, mi rincón favorito de galletitas perdió su brillo de antaño porque hace rato que dejaron de venderse por kilo, pero sigue ahí, firme contra una pared ni todos los misiles de la Franja de Gaza juntos van a poder derribar jamás, y Mario continúa custodiando estantes vencidos por el peso, vencido también él por el paso de los años, vencido hasta en la voz al preguntarme, con cara de derrota indigna:

-¿Qué hacés, Estefi?
-Bien, tanto tiempo. ¡No cambió nada! -se me escapa la sinceridad con la velocidad de un rayo, maldita sea, tengo que salir de acá pronto.
-¿Cómo que no? Ahora tenemos una pequeña verdulería -acota Cristina, la dulce, eterna, Cristina.
-Es cierto, está buena la idea, sirve para salir del paso por si te hace falta algo.
-¿Y qué vas a llevar, Estefi? -interrumpe Mario, desde atrás de una bolsa gigante de palitos salados.
-Una Levité de pomelo.
-¿Viniste a visitar a tu mami? -pregunta, necesita saber.
-Sí, sí -respondo sin ganas, mientras le esquivo la mirada y me pongo a buscar plata en la billetera.
-Tomá linda, ahí Cristina te cobra -indica Mario, como si la dinámica no fuera la misma hace exactamente 7 millones de años.
-Gracias, ¡que sigas bien! -me despido con total amabilidad.
-Son 17 pesos -anuncia Cristina sin que se le mueva un músculo de la cara.

Pago con 20 y sin mediar palabra, sin que nadie me avise ni que suene una alarma ni nada, la veo a Cristina abordando serenamente la caja registradora. Y mientras yo pensaba “No, por favor, decime que no es cierto, por favor no lo hagas”, ella en total silencio y armonía, comenzó despacito a inclinar el aparato hacia atrás, activando -sin saberlo- un botón especial en mi memoria, como cuando en Ratatouille el ratoncito utiliza todos sus conocimientos para apelar a la sensibilidad del temible crítico Anton Ego y lo lleva a su infancia, a un mundo que creía haber dejado atrás, con apenas un toque mágico en su obra culinaria: el sabor de lo familiar. Eso mismo hizo Cristina conmigo ese mediodía, en el que después de un millón de años abrió de nuevo la caja registradora de manera manual.



domingo, 27 de abril de 2014

Días de radio


Gordas Putas es un programa de radio que hago con mis amigas Marilina (@nolugarenia) y Belén (@mbalonso). Algún día les voy a contar cómo se gestó el programa, de qué se trata y cómo lo hacemos, pero por ahora sólo paso para dejarles la entrevista a @luchio, un personaje de las redes sociales amado y odiado por partes iguales. 

Pasaron bastantes invitados por Gordas Putas, y a todos los queremos y les agradecemos por igual. Pero con Luchio fue un poco diferente, quizás porque ninguna de nosotras lo conocía en persona (Marilina no pudo estar, pero en su lugar vino @florprima, otra gran amiga) y todas acudimos con nuestros propios prejuicios. Es lindo que una charla informal pero "pública" te cambie la percepción que tenías sobre esa persona, o te incline la balanza definitivamente hacia uno de los dos lados.

Todas nos quedamos muy contentas después de este programa. Y yo, personalmente, sentí que hice una linda entrevista. Acá la pueden escuchar:


Gordas Putas programa #29 invitado Luchio from Gordas Putas on Vimeo.


P/D: Acá pueden escuchar todos los programas de Gordas Putas que hicimos hasta hoy. 
El programa sale en vivo los viernes de 17 a 19 hs. por www.ciclopradio.com.ar


miércoles, 16 de abril de 2014

Mi papá inventó a Campanella

El primer Mundial del que tengo memoria es Italia '90. Nací en el '82, razón por la cual para cuando salimos campeones en México '86, mi pequeña cabecita de 4 años sólo pensaba en comer puré con patitas de pollo. Pero para el '90 ya estaba bastante más formadita, y puedo decir sin exagerar que con el Mundial de Italia aprendí, intuí y sentí en carne propia la pasión por el fútbol. Aún sin poder ponerla en palabras, aún sin entender del todo cómo eran las reglas del campeonato ni dónde quedaba Camerún ni mucho menos por qué nos habían ganado, descarados; aún sin todo eso, pude experimentar a través de observar los movimientos y de percibir el clima festivo que había en mi casa que, por un rato, como una pausa durante una película para ir al baño, el fútbol era lo único que importaba y las preocupaciones cotidianas quedaban reducidas a cero.

De la época de oro del '86 no tengo memoria, ni del gol con la mano, ni del relato de Víctor Hugo, ni de lo que imagino habrá sido el obelisco cuando salimos campeones ni de la llegada de los jugadores al aeropuerto de Ezeiza. No todo está guardado en la memoria, León, algunas cosas simplemente no se grabaron. Por el contrario, sí tengo recuerdos, y muy vívidos, de la hiperinflación del '89, de las quejas de mis padres que repetían a viva voz que ibas a comprar un litro de leche a la mañana y costaba una cosa y cuando ibas a la tarde, costaba otra. También tengo recuerdos de querer ir a la feria de la plaza de Lomas a comprar un títere que me habían prometido, y estar mirando los saqueos por la televisión, y mi mamá que trataba de hacerme entender que no podíamos ir a Lomas porque eso que estaba pasando en la tele, estaba pasando ahí, adonde yo quería ir. De los momentos difíciles sí tengo memoria, ¿por qué será? ¿Porque eran más comunes? ¿Porque el miedo y la bronca y el dolor se aprenden más rápido?

Pero así como recuerdo que en el '89 todo era gris, que había que racionar la electricidad y por eso la televisión -la vía de escape de todo un país- empezaba a las 4 de la tarde; mágicamente al año siguiente algo cambió: eso también lo intuí, y quise saber por qué de repente mi papá estaba tan contento, quise saber por qué mi mamá se ponía nerviosa, pero con unos nervios divertidos, como de quién confiesa una picardía. Quise saberlo, y el Mundial Italia '90 fue la respuesta.

Durante el mes que duró el Mundial, en mi casa se vivieron emociones de todo tipo y color. La primera fue la desazón absoluta y total al ver que unos recién llegados cameruneses nos hacían trastabillar en el debut de la selección. “¿Cómo puede suceder algo así, si venimos de ganarlo todo?” “¡Cómo corren estos negros!” Y más comentarios de ese estilo se escuchaban por toda la casa. Parecía que apenas empezado, el sueño de repetir la hazaña del '86 se nos escurría de las manos. Entonces mi mamá empezó a optar por la magia negra, o las cábalas. Que no podemos cambiarnos de lugar cuando empieza un partido, que si la vez anterior Argentina hizo un gol mientras mi hermano estaba sacando un plato de la alacena, entonces tenía que quedarse en posición de sacar-un-plato-de-la-alacena los 90 minutos. Que no se puede hablar, que no se puede bufar, que nada de malas energías. Que hay que escuchar el partido siempre en el mismo volumen, y verlo por el mismo canal. Que a quién se le ocurre golpear la puerta mientras juega Argentina, ¿son idiotas?, etc. Pero, sin dudas, lo que más me llamó la atención de este rosario de cuestiones de vida o muerte que había que tener en cuenta, fue la existencia de Poncio Pilato. La oración a Poncio Pilato consistía en anudar un trapo o un repasador y repetir en voz baja el mantra: "Poncio Pilato, la cola te ato, si no lo encuentro no te desato". Sólo que, en lugar de rezarle para encontrar un objeto perdido, mi mamá lo había aggiornado para que la Argentina ganara los partidos. Mal no nos fue, habría que volver a ponerlo en práctica.

Mientras todo aquello sucedía de trasfondo, como el ruido de la heladera durante una conversación, mi papá se transformaba al no poder contener las emociones. Pocas veces lo vi tan apasionado por algo, tan sentimental. Él, que siempre estaba preocupado y taciturno, de repente se convertía en una persona inquieta, con sangre en las venas. Se convertía en una mejor persona, y yo me quedaba mirándolo, tratanto de entender qué lo movía, qué cosas lo ponían contento. Me acuerdo especialmente de dos momentos gloriosos, de pura adrenalina, de vida en su sentido más amplio. Una vez estábamos nerviosos frente a la pantalla. Yo no entendía mucho, no sabía muy bien qué pasaba. Mi mamá se había encerrado en el cuarto, como hacía siempre cuando los nervios lograbran dominarla. Ahora comprendo, después de haber leído y revivido los partidos de Italia '90 en youtube: se había lesionado Nery Pumpido y un arquero desconocido, de apellido Goycochea, lo estaba reemplazando. Eran instancias decisivas, cuartos de final. Argentina se cruzaba con Yugoslavia y ya no había lugar para traspiés como el de Camerún. Ese partido lo empatamos 0 a 0, y tocó definirlo por penales. En casa no volaba ni una mosca, el tiempo parecía haberse detenido. Todos nos quedamos estáticos frente al televisor, como en esas publicidades mundialistas que congelan la imagen para hacer más evidente la cara de boludos que ponemos cuando Argentina juega un Mundial. Así estábamos, con los ojos apenas entreabiertos, no queriendo ver, dedicados ciento por ciento a sufrir como condenados. Vamos Argentina que tenés que ganar, vamos chicos pongan huevo, vamos Goyco, iluminate. Poncio Pilato, la cola te ato, si Argentina no gana no te desato.

Y Argentina ganó, el Goyco atajó, mi papá fue eyectado de la silla por una fuerza sobrehumana y salió corriendo a la calle, a colgarse del portón, a gritar como un mono enjaulado tan fuerte pero tan fuerte que al principio me asusté, creyendo que algo terrible le estaba pasando. Pero después me abrazó y me dio un beso en el pelo, mientras relojeaba sin importarle el daño que el peso de su cuerpo le había hecho al portón. Se desniveló, algo perdura hasta el día de hoy.

El segundo momento más increíble que recuerdo de ese junio apasionado fue durante un partido a la tarde. A juzgar por las atmósfera reinante, fue un partido un poco amargo, porque recuerdo que no quedamos particularmente contentos. Así que creo que tuvo que haber sido el empate 1 a 1 con Rumania, durante la primera ronda. Lo importante acá es el contexto en el que terminamos mirando ese partido, más que el partido en sí. Era un día de semana a la tarde. Mi papá había hecho una pausa en el trabajo y se vino a casa para ver el juego. Apenas logramos ver unos minutos porque en seguida se cortó la luz en toda la cuadra. “Que cómo puede ser, que a vos te parece. La puta que lo parió y ahora qué hacemos”. De nuevo salir a la calle, a corroborar con los vecinos que fuera un problema general. Y lo era, y nadie tenía esperanzas de que volviera la luz para poder terminar de ver el partido.

En medio de toda esa desilusión, mi papá tuvo una idea. No me pregunten cómo pasó, evidentemente las ganas de alentar a la selección eran más fuertes que cualquier otra cosa. Empezaron a notarse movimientos en toda la casa, mi papá que entraba y salía, mi mamá que intentaba alcanzar algo pesado de arriba del placard. Buscaba tele chiquita Noblex de 14 pulgadas, que nos habían comprado a mi hermano y a mí cuando tuvimos varicela. Una vez conseguido eso, mi papá se zambulló entero adentro del motor del auto, y hasta que no logró hacerse de la batería no salió. Después, sólo un ingeniero mecánico puede explicarlo: puso esa tele minúscula blanco y negro en el garage de Josefa, la gallega de enfrente; conectó la tele a la batería del auto, extendió una antena y voilà, ¡la hizo funcionar! Mi papá se encargó de convocar a todo el barrio para asegurarse de que nadie se perdiera lo que quedaba del partido. Esa reunión improvisada me hizo acordar a cuando nos citaban en la Sociedad de Fomento para comentarnos de alguna mejora en el barrio. El piso del garage de Josefa era de cerámica azul. Nunca antes había entrado y nunca más volví a entrar, pero mi memoria se quedó ahí, enclavada.

Ese partido no habrá sido el mejor ejemplo para enamorarse del fútbol pero me hizo sentir orgullosa. Mi papá inventó las películas de Campanella mucho antes de que existan, y el Mundial Italia '90 inventó a mi papá, a la conexión a través del fútbol que pude establecer con él después de todo eso.


No nos merecíamos salir segundos, ni en pedo.



domingo, 9 de marzo de 2014

El día internacional de "Las Chicas"


Perdonen si arranco con una afirmación tan tajante, pero es que no puedo callarme más: las mujeres estamos haciendo todo mal. Eso es lo que creo, y sé que voy a recibir muchas críticas por decirlo. Déjenme contarles por qué, y después se fijan.

Me enoja mucho que las mujeres no nos entendamos a nosotras mismas, que vayamos por la vida pecheando a los hombres sólo por el hecho de ser hombres, enojándonos con ellos por las cosas que no hacemos, no entendiendo el principio básico de la humanidad: somos distintos. Abismalmente distintos. Mientras el chabón está sentado en el sillón en calzones mirando Los Simpson, la mujer está preocupada porque tiene que doblar la ropa, o enojada porque siente que nadie la ayuda con las cosas de la casa, o depilándose porque capaz que a la noche la pone. Pueden decirme que la cultura nos tiene formateadas, que vivimos en una sociedad patriarcal que siempre nos dominó, que recién ahora estamos teniendo un poco de espacio en lo público, en lo laboral, incluso en las relaciones amorosas, recién ahora estamos siendo escuchadas. Pero también es cierto que muchas veces nosotras mismas nos enojamos porque la imagen que está culturalmente asociada a la idea de mujer es demasiado naif, o sólo nos pintan como amas de casa, o no somos tan histéricas como nos representan, cuando a cada momento lo que vamos haciendo o dejando de hacer nos convierte en mujeres de esas que juntan la ropa del suelo, que enloquecen cuando el baño está sucio o que se ponen felices cuando ven una oferta en el supermercado. Yo no digo que seamos única y exclusivamente eso, lo que digo es que también somos eso y tenemos que hacernos cargo y después empezar de ahí a construir si se quiere “una mujer”, cada una la mujer que quiera ser, pero con el rasgo distintivo que nos diferencia de los hombres y es que somos distintas. Somos minitas. Nos preocupa la ropa, el pelo, el cuerpo. Tenemos más capacidad para el detalle, para la organización, para las tareas que requieren atención. Nos gusta hablar, contarnos cosas, escuchar al otro. Nos gusta compartir. Nos gusta competir. Y sí, también tenemos que lucharla más, porque cómo fue que llegamos hasta acá no lo sabemos, pero desde que el mundo es mundo se anda diciendo que salimos de la costilla de un tipo, o que le dimos la manzana del pecado y mandamos todo al demonio. De ahí para adelante, arrancamos en desventaja, nos tenemos que acercar. Nos estamos acercando, pero muy a nuestro pesar. Porque la verdad es que estamos haciendo todo mal. Porque estas cosas las pienso yo, que estoy en mi casa mientras mi novio se está rascando los huevos en el sillón y no sé, o me acostumbré y soy una pelotuda con un maní en la cabeza o hay algo que está bien así, que funciona así. Me gusta más estar escribiendo esto y no sacándome un moco en calzoncillos, qué querés que te diga.

Pero no por eso me voy a victimizar, y mucho menos pelearme con los hombres porque el novio que tengo es también un estereotipo del macho que tengo en la cabeza. Si sólo le presto atención a las cosas que me enojan, jamás me voy a dar cuenta que hay muchas otras cosas que ese novio que está en el sillón mirando la tele también es. Y discúlpenme que sea tan reduccionista, pero de alguna manera hay que llamar a las cosas, no podemos establecer las bases de una sociedad teniendo como paradigma el relativismo, porque no nos pondríamos de acuerdo nunca. Yo siento que las mujeres estamos enojadas con el lugar que nos toca, como si pudiéramos realmente ocupar otro lugar. ¡Si cuando nos hablan de fútbol la mayoría de las minas se aburre! ¡Y cuando nosotras queremos ir a comprar ropa sabemos de ante mano que la mejor compañía es la de una amiga o, a lo sumo, la de un amigo gay pero jamás la de un tipo! Entonces ¿por qué tanto lío? ¿Qué nos cuesta tanto aceptar que hay cosas que sí y hay cosas que no, que hay diferencias, que no vamos nunca a ocupar los mismos lugares y que, las contadas veces que accedimos a lugares “de poder” terminamos actuando como hombres? Porque no me vengan a decir que hay una manera de ejercer el poder sin medirnos la pija imaginaria con los varones. No la hay. No la supimos construir todavía, porque el feminismo falopa al que yo me refiero entiende que para reivindicar el género hay que destruir a los hombres ¡actuando como hombres! Ahí es donde yo ya no entiendo nada y me enojo, me enojo porque insisto, estamos haciendo las cosas mal.

¿Saben cuándo me di cuenta de que estábamos haciendo las cosas mal, pero muy mal? O sea, lo pienso hace un montón, por eso jamás me meto en discusiones sobre género porque me parecen un torre. Creo que mi visión es muy distinta a la que el feminismo en el estado actual de las cosas expresa. Y no solamente estoy segura de ello, sino que también estoy segura de que si en algún espacio de debate yo compartiera estos pensamientos, las mujeres feministas presentes se enojarían conmigo. Y me hablarían del aborto, y me dirían que hay no sé cuántos femicidios por año y pedirían a los gritos que los hombres dejen de prendernos fuego. No me parece necesario aclarar que por supuesto no quiero que ninguna de esas atrocidades se sigan cometiendo, y sé que hay un ensañamiento contra las mujeres pero no estoy tan segura de que por el solo hecho de ser mujer ocurran estas cosas. Me estoy metiendo en un terreno complicado del que sólo puedo salir mal parada, pero lo que digo es: no todo lo malo que nos ocurre es por ser mujer. Hay otras aristas, hay grises. Y para que estas cosas dejen de pasar la solución no está pelearse con los hombres, odiarlos, tratarlos de idiotas, de únicos culpables. Así como dije más adelante que las bases de una sociedad sólo pueden existir estableciendo parámetros, y esos parámetros a menudo indican que tenemos que encasillar el sentido de las cosas en una definición común a todos, creo que nosotras, las mujeres, el feminismo, también encasilla. Encasilla para desencasillar, en lugar de darle un nuevo sentido al encasillamiento socialmente extendido. Es como tirar una bomba para romper con todo y empezar de cero, con tres personas y un megáfono, enojadas porque no nos escuchan, enojadas porque es el papel que nos toca. Bueno no, yo no quiero ese papel para la mujer que sospecho que soy ni para la mujer que proyecto para mí.

Así y todo todavía no les conté cuándo comprobé fehacientemente que estamos haciendo las cosas mal. Supongo que estarán de acuerdo conmigo cuando digo que no hay nada más femenino que una chica andando en bicicleta, en una bici de paseo con canasto, vestida con un vestidito de verano. Una chica en bicicleta con vestido, ¿qué pasa que Silvio Rodríguez todavía no nos dedicó una canción así? Iba yo en mi bicicleta por una bicisenda escuchando bicimúsica cuando me topo con una banda independiente, de esta nueva movida de banditas que siempre están surgiendo en Buenos Aires. La banda se llama Miró y su Fabulosa Orquesta de Juguete, hace unos días la recomendé en facebook a raíz de un artículo que leí de Il Corvino y que me hizo recordar que Miró existía, porque ya la había escuchado antes y me había encantado pero, como suele suceder, me olvidé de la música nueva y continué escuchando la música de siempre. Enseguida se me dibujó una sonrisa en la boca cuando en los auriculares empezaron a sonar los primeros acordes de Miró, porque es una musiquita que realmente parece de juguete aunque también tiene rock, tiene folk, tiene unas letras como hace mucho tiempo no escuchaba yo en la escena nacional. La imagen entonces se completa así: una chica, una bicicleta, un vestido y un amor, el amor por la música que sonaba en mis oídos. El idilio duró hasta el track 11 del disco Los Caminos, porque ahí fue cuando empezó a sonar una canción que se llama “Las chicas”. Me vi atrapada por el título de la canción, tenía curiosidad por ver de qué manera una banda de pibitos de La Plata construía la imagen de unas chicas, quería saber qué tipo de chicas retrataría, qué motes nos colgarían a “las chicas”. Debo decir que el sujeto colectivo “chicas” me cayó bien de entrada, distinto hubiera sido si la canción se llamaba “Las pibas” o “Las minitas” o “Las nenas”. La aproximación hubiera sido diferente, el prejuicio hubiera sido otro. Con “Las chicas” el prejuicio también actuó, pero para bien. Tuve buena predisposición. Entonces “Las chicas”, la historia de “Las chicas” empezó a sonar. Y les puedo asegurar que ahí están todos los clichés de los que las feministas se quejan, está la ropa, el maquillaje, la camaradería, la previa antes de salir un sábado a la noche, los nervios del qué me pongo, las primeras depresiones por el corazón roto. Una escucha no me fue suficiente, tuve que escucharla varias veces. Y en cada una de esas veces iba encontrando nuevos puntos de identificación. La forma en que está narrada esa historia, la historia de “Las chicas”, tan amplia que puede ser común a cualquiera de nosotras, me retrotrajo automáticamente a las noches en las que yo salía a bailar con mis amigas. Y siempre alguna de las cuatro tenía algún quilombo con un chabón, porque le dijo que la iba a llamar y no la había llamado. Entonces llegaba el fin de semana y había que salir para olvidar, hacer cualquiera. Que hacer cualquiera viene bien.

Ahí fue que me di cuenta de que las mujeres estamos haciendo todo mal. Porque la esencia del espíritu minita la captó y la plasmó una banda de chicos mejor que nadie, mejor que cualquiera de nosotras, que estamos más preocupadas por pelearnos que por entendernos. Me dio bronca pero, a la vez, comprendí que, como están dadas las cosas, no podía ser de otra manera.

La chica que a mí me gusta ser suena más o menos así:


jueves, 20 de febrero de 2014

La historia de un hombre muerto

We passed upon the stair, we spoke of was and when
Although I wasn't there, he said I was his friend
Which came as some surprise, I spoke into his eyes
I thought you died alone, a long long time ago”
The man who sold the world – David Bowie




Esta es una historia de esas que no sé si en realidad pasaron. Una historia que tiene espacio y lugar, que tiene protagonistas, tiene principio y desarrollo, pero no tiene final. La historia de cómo a veces podemos ver lo que queremos, sin tener certezas de que eso que estamos viendo sea real o imaginario. Ni siquiera la certeza de saber si estamos cuerdos o la mente empezó a dar indicios de que algo anda mal. Una historia de visiones, que encajan de algún modo con los pensamientos que nos están dando vueltas por la cabeza. Entonces, ¿cómo darnos cuenta si es cierto o es sólo un invento?

Esta es una historia que me genera muchas dudas, y un poco de miedo. La historia de un hombre que no sé si estaba vivo o estaba muerto, que no sé si alguna vez existió. Pero yo lo vi (pero nadie más lo vio).

No es la primera vez que tengo “visiones”. Cuando era chica, un día estaba volviendo de lo de una amiguita que vivía a la vuelta de mi casa, y en la esquina me encontré con una escena de violencia que me paralizó. Fernandito Souza, el por entonces dueño del almacén del barrio, estaba siendo atacado por una pandilla de payasos. Sí, payasos asesinos onda IT. Volví sobre mis pasos, agitada, corriendo a esconderme en la casa de Carolina, mi amiga. Por supuesto, cuando los padres de Caro me vieron de nuevo en la puerta me preguntaron si me había pasado algo. “A mí no”, les dije, “pero en la esquina le están pegando a Fernandito unos hombres vestidos de payaso”. En el momento exacto que salieron esas palabras de mi boca, me di cuenta de lo absurdo que era todo. Los padres de Carolina me miraron con preocupación, pensaron que me había subido la temperatura y estaba delirando. Percibí su extrañeza en la mirada pero continué con mi postura. Fernando-payasos-violencia, tal vez un ajuste de cuentas. Porque yo los había visto (pero nadie más los vio).

En el verano del 2014 hubo muchos cortes de luz sobre todo en Buenos Aires. Hablo como si se tratara de otro siglo, pero es que la falta de electricidad genera que el tiempo se detenga de tal manera, que los recuerdos se trastocan, pasan en una dimensión paralela, donde nos sentamos alrededor de una radio a pilas a escuchar las noticias y nos alumbramos con vela. Era el verano de 1810 cuando con mi novio nos fuimos de vacaciones a una casa en el Delta. No había luz ni heladera, debíamos conservar los alimentos con sal gruesa. Tampoco teníamos paraguas. Todas las tardes nos debatíamos entre adentrarnos en la selva para cortar leña o salir a pasear por el río, con el botecito que tan gentilmente el señor dueño de la propiedad nos había dejado. Hacíamos las dos cosas, porque además de eso no había nada más para hacer. Por las noches también jugábamos a la generala, un entretenimiento a base de dados que estaba muy de moda a principios de siglo. Nuestra alimentación consistía en rodajas de salamín entre medio de dos panes, acompañado por tragos de vino tinto. Éramos felices por aquel entonces, no existía el homebanking, ni la SUBE, ni el dólar contado con liqui.

Fue durante uno de esos paseos en canoa que algo extraño sucedió. Como siempre, cuando la gente se queda sin luz aprovecha más el día y en el Tigre aprovechar el día significaba salir al muelle a tomar la fresca, o remar, o meterse al agua. No había mucho más. Todo el “barrio” se encontraba inmerso en alguna de esas tres actividades. Nosotros teníamos el botecito fundamentalmente para ir al almacén, que quedaba en la vereda de enfrente. Cada vez que nos embarcábamos en la tarea de ir a comprar, hacíamos el mismo recorrido, pasábamos por las mismas casas y saludábamos a las misma gente. El isleño es muy de saludar, aunque lo más probable es que después te mate de un hachazo en la cabeza y te entierre en el fondo de su casa, pero el saludo no se lo niega a nadie.

Enfrente de nuestra casa había un señor que los 15 días se los pasó vistiendo el mismo short rojo. Y cada vez que le pasábamos por al lado le preguntábamos lo mismo “¿Y? ¿Va a volver la luz?” “Y... no sé, ahí fueron a ver, parece que están trabajando en eso”. Nunca supimos quiénes fueron a ver, ni adónde, ni si efectivamente estaban trabajando en eso o no. Nosotros peguntábamos, él respondía. “Bueno gracias, hasta luego” “Chau, hasta luego”. Eso era todo.

Hasta que un día nos ganó el aburrimiento y empezamos a remar para el otro lado. En lugar de ir al almacén, nos tomamos el bote como un pasatiempo más que como un medio de transporte, y fuimos a conocer qué había más allá de lo que nuestra vista lograba captar.

No había nada. El paisaje se sucedía exactamente igual excepto por dos cosas: una casa que llevaba por nombre “Hola... persona” que nos pareció lo más genial del mundo, y una colonia de jipis justo en diagonal a la nuestra, ahí donde lo único que se veía era un matorral. Como era de esperar, el muelle de ese hormiguero de personas e hijos sin vacunas ni DNI, era el más destartalado de todos. Las maderas viejas, corroídas y resecas. La estructura, toda torcida. Los clavos oxidados y el techo con agujeros. El banco, una miseria. Pararse en ese muelle era desafiar a la gravedad. Por eso me llamó la atención divisar a los lejos una silueta, había alguien sentado en ese lugar. A medida que nos íbamos acercando -propulsados por nuestra propia fuerza bajo el sol corrosivo de mediados de enero- aquella figura amorfa cobraba más y más sentido. Hasta que le pasamos por al lado y yo no lo pude creer.

Se trataba de un señor, una calavera o un espectro, muy bien no sé. Estaba vestido de traje impecable, color lavanda. La camisa era celeste clarito y la corbata, algo rosada. Tenía el porte de una persona de otro tiempo, y era inmutable a la falta de luz, al calor, al oxígeno, a los mosquitos. Me quedé completamente muda cuando lo vi, desencajaba en ese paisaje agreste. No entendía qué hacía ahí, en ese muelle destartalado, una persona que bien podía haberse escapado de la morgue. No parpadeaba, tampoco saludó cuando le pasamos por al lado. Tenía la tez morocha y los pómulos huesudos, en los ojos se podía apreciar que había vivido muchos años, tal vez muchas vidas, y que ya nada lo asombraba.

Cuando le comenté a mi novio -susurrando- que mire a la izquierda, que había una persona extraña con la vista clavada en el más allá, él me preguntó “¿dónde?”. Insistí, tratando de no elevar la voz pero cada vez más nerviosa, pero de nuevo él no veía nada. Me resigné a seguir remando, unos metros más hacía lo desconocido y luego, ya de regreso, volví a preguntar si lo había visto, si no le parecía raro. No, claro que no le parecía raro, porque mi novio no veía nada.

Yo estoy segura de que ese hombre estaba ahí, sentado en 2014 pero como salido de 1924. Estoy segura de que ni él mismo sabía qué era lo que estaba haciendo ahí ni por qué el Tigre se había vuelto tan popular, si en su época nadie lo conocía. También creo que todas las tardes simplemente aparecía, como un ánima, sin dejar rastros de su paso por vidas pasadas. Yo estoy segura de que ese hombre había muerto solo, hacía muchos muchos años. Porque yo lo vi (pero nadie más lo vio).