Después de muchos años de no pasar
mis vacaciones en la costa atlántica, me tocó venir en enero y
febrero de 2013 primero a Villa Gesell y después a Mar del Plata. No
son viajes que yo hubiera querido hacer, eso seguramente juegue en
contra de mis apreciaciones, haga que lo tiña todo de negro o empañe
por momentos los recuerdos tal vez felices que pueda albergar mi
memoria. Pero no es solamente el hecho de encontrarme aquí contra mi
voluntad lo que motiva estas líneas, hay algo más, un sentimiento
raro que flota por el aire y se pegotea en mi piel como la brisa
marina. Vamos a empezar por el principio.
Cuando yo era chica, muy pocas veces tuve la posibilidad de irme de vacaciones con
mi familia. Y las veces que lo hicimos, siempre eran viajes relámpago
de unos pocos días en los que mi papá estaba de buen humor y
decidía arbitrariamente que ese verano se merecía unos tres o
cuatro días de descanso. Le daba instrucciones a mi mamá para que
armara unos bolsos y decretaba que al otro día bien temprano nos
íbamos todos a la costa, muchas veces sin lugar definido. Mi mamá
nunca le decía que no a una propuesta como esa, seguramente porque
era la única oportunidad en la que mi papá tomaba las riendas en el
asunto y eso solo ameritaba seguirle la corriente. También porque mi
vieja siempre le dijo que sí a cualquier plan que sonara divertido,
que la sacara de la cocina, de la rutina. Recuerdo entonces que el
día anterior a salir a la ruta mi papá guardaba el auto de culata
en el garage. Nunca sucedía eso a menos que estuviéramos por irnos
de viaje. El auto de culata implicaba que esa noche teníamos que
cargar el baul con todos los bártulos necesarios para pasar el fin
de semana afuera: bolsos, cajas con comestibles, la heladerita,
juguetes, a veces la carpa y todos los chirimbolos pertinentes. Era
una felicidad enorme colaborar con la tarea de llenar hasta el tope
el baul del Torino, del 504 o del Renault 12. Creo que una vez
también viajamos en la Renauleta roja, pero eso no sé si sucedió o
si mis recuerdos se chocan con las excursiones domingueras a la casa
de la abuela Rosa. Cargábamos todo y nos íbamos a dormir temprano
con una sonrisa de oreja a oreja, y con mariposas en el estómago
porque al otro día antes del amanecer nos iban a despertar, a mi
hermano y a mí, y con lagañas todavía en los ojos íbamos a
subirnos al auto dejando atrás lo conocido. Dejando atrás a Bronco,
a Timotea y a Arquímedes, nuestras mascotas. Dejando atrás la calle
Bourquet y a los vecinos que ya habían sido alertados de nuestra
pequeña fuga y se quedaban atentos a cualquier movimiento sospechoso
en la cuadra. Por aquellos años, nuestros cuerpitos infantiles
entraban cómodamente en un asiento trasero de cualquier auto, por
más pequeño que fuera, con heladerita conservadora en el medio, que
oficiaba durante el viaje de mesita apoya pelotudeces. Sobre ella
jugaríamos a las cartas, nos pelearíamos con mi hermano, y
recostaríamos nuestras cabezas cuando el madrugón nos empezara a
pasar factura.
Cuerpitos infantiles emocionados por
salir a la aventura, eso éramos mi hermano y yo los días en los que
papá se sentía libre.
Tan libre era mi viejo en esos días
que se permitía la osadía de escuchar música y hasta cantar.
Recuerdo especialmente un cassette de Virus que sonó durante todo el
viaje, mietras mi mamá nos daba té con galletitas que servía
cuidadosamente en la tapa de un termo. No había parada para comprar
medialunas en Atalaya. Había algo mejor: los yogures gratis que te
daban cuando pasabas por La Vascongada, y muestras gratis de agua
Villa del Sur cuando cruzabas un peaje. Eran regalos, la vida nos
premiaba por salir de vacaciones en familia.
Pero todo lo bueno esconde, en su
interior, la amenaza de que algo malo está por pasar. Quizás de
experiencias como esta haya nacido lo que yo llamo “la maldición
de los Iñiguez”. Debo ser sincera y reconocer que por suerte hace
mucho tiempo que esta maldición no la vivo en carne propia. Pero
sobre todo cuando era chica, la maldición se presentaba con
demasiada frecuencia. La maldición de los Iñiguez consistía,
básicamente, en que cuando comprábamos algún electrodoméstico
nuevo, pongámosle un equipo de música o la videocassettera, siempre
pero siempre había algo que fallaba y debíamos recurrir o a la
garantía o a algún experto que nos arreglara el inconveniente. Eso
demoraba la diversión, enojaba a nuestros padres, nos ponía
ansiosos a mi hermano y a mí, es decir, tornaba en un incordio y un
problema lo que supuestamente tenía que traernos confort y felicidad
o, al menos, la ilusión de no ser siempre lo más pobres de la
cuadra. “La maldición de los Iñiguez”, así la llamé yo
secretamente, nunca lo comenté con nadie. Pero es que yo ya lo
sabía. Llegaba un artefacto nuevo a casa y yo ya sabía que tendrían
que pasar semanas y a veces hasta meses para que ese pequeño saltito
tecnológico nos trajera un cachito de progreso al hogar. Yo ya lo
sabía, siempre lo supe. Como supe siempre que esos viajes relámpago
a la costa terminarían mal.
Sucedía lo mismo, una y otra vez.
Nunca tuvimos ingresos que nos permitieran vivir holgadamente, al
menos no desde que yo vine a este mundo. Mi hermano, unos cuatro años
mayor que yo, quizás tenga recuerdos de una época dorada. En cambio
los míos siempre fueron más bien tirando a bronce o hasta diría
que barro. Los tiempos de cambiar el modelo de auto todos los años
es algo que sólo lo viví a través de los relatos de mi madre,
porque en la experiencia propia no hubo nada de eso. Entonces
salíamos a la ruta embarcados por la felicidad paterna que no
conocía límites, mientras que en el asiento trasero se iba
pergeñando una mente perversa, retorcida, incrustada en un
cuerpecito infantil de una niña que muy a su pesar, siempre fue
super despierta. Esa mente era la mía, que después de pasar
inviernos empujando el 504 a las 6 de la mañana porque la helada lo
congelaba, algo entendía. Algo me hacía sospechar que ese viaje que
estaba a punto de emprender con mi familia no iba a salir del todo
bien. La ruta nos iba a traicionar, el auto no estaba preparado para
tanto kilometraje. Se iba a romper el burro delantero, la bujía, el
radiador, la palanca de cambios, o lo que mierda fuera. Porque no
hubo vez en todos los muchos o pocos viajes de medio término que
hicimos, en los que no le pasara algo al auto. Hasta recuerdo que una
vuelta mi hermano, ya bastante crecidito, se empacó con que quería
llevar la bicicleta. Se la ataron al techo del auto, prolijamente
embolsada, y la bolsa embolsó -claro está- el viento de la ruta
todo el viaje hasta que en un momento la bolsa, las cuerdas y la
bicicleta cedieron. La bici nueva con cambios se echó a volar libre
como un pájaro, hasta terminar aplastada bajo un camión con
acoplado que nos venía pisando los talones. La maldición de los
Iñiguez. Frenada en la banquina, gritos, puteadas. Un señor
corriendo por el medio de la ruta en busca de su objeto perdido. Una
madre con los nervios destrozados. Dos hijos que se miraban atónitos,
uno entristecido, la otra, apuntando una más a la lista mental de
tragedias en temporada alta.
Y cuando no sucedía algo estrambótico
como una bicicleta rompiendo las cadenas de la opresión y echando a
volar, el auto se rompía, obligándonos a parar en el primer taller
de morondanga que encontrábamos por ahí, perdiendo tiempo y dinero
(sobre todo dinero) en lo que de antemano yo ya sabía que iba a
suceder. La maldición de los Iñiguez me marcó de por vida, siempre
que había una alegría, algo malo tenía que pasar. Por eso para mí
la costa atlántica es un sitio endemoniado, hostil, que siempre viví
con culpa porque esos pesos que a mi viejo se le iban en el arreglo
del auto incluso antes de llegar, implicaban cara de orto, reproches,
en resumidas cuentas, un final trágico donde sólo debió haber
habido risas.
Ahora estoy en la costa en otro plan,
un poco menos desesperante que el hecho de tener dos pesos con
cincuenta en el bolsillo y gastar cinco en el arreglo del auto, pero
no por eso más llevadero. Tuve que ir una semana a Villa Gesell a
fines de enero y otra semana en febrero a Mar del Plata. Más allá
de la razón particular que me trajo hasta acá, es interesante
observar que la dinámica vacacional de la típica familia argentina
no se ha corrido un centímetro en todos estos años. Ahí tenés a
todos los integrantes de la familia levantándose bien temprano para
ir a hacer playa el día entero, trasladando a cada paso que dan una
mudanza completa que incluye desde la sombrilla y las reposeras hasta
el perro. Se instalan desde bien temprano en una playa que todavía
no terminó de despedir a los pendejos que se rompieron la cabeza la
noche anterior, hasta que poco a poco de la hectárea que tenían
toda a su disposición no va quedando ni espacio para respirar.
Pegoteados, hacinados, hinchados las pelotas de tener que cumplir con
el ritual del turista argentino, sin embargo, resisten. Lo hacen por
los nenes, porque es la primera o la decimocuarta vez que ven por
primera vez el mar. Lo hacen porque pagaron fortunas para decir
presente en la costa en temporada alta. Pero, fundamentalmente, lo
hacen porque si no lo hicieran, tendrían que verse las caras con sus
esposos, sus mujeres y sus hijos, y ya que durante todo el año se
contuvieron la pulsión asesina de barrer de un escopetazo a toda la
familia, deciden esperar quince días más.
Toda la idea de la vacación en familia
es de una crueldad bastante grande, que termina poniendo nerviosos a
todos y se convierte en un momento muy propicio para que los
matrimonios que ya no se toleran ni un poco, ventilen a los gritos
sus problemas cotidianos mientras caminan en procesión por la
peatonal. “Yo te dije que era para allá y vos no, te empecinaste
con que era para acá. Nos la pasamos dando vueltas, no ves que sos
un boludo” “Callate porque mañana no me ves más la cara”, y
otras delicias que tuve la oportunidad de escuchar por estos días. A
veces da la impresión de que la gente que colma una ciudad de la
costa atlántica toda junta, durante el breve suspiro que es una
quincena de enero, la viene a pasar mal. Buscan lugares donde no se
puede entrar, eligen esperar horas en la vereda hasta que les den de
comer, valoran más una salida si de antemano ya saben que se llena y
hay muchas chances de estar apretados o, directamente, quedarse
afuera. El turista nacional en época estival pierde el control de
sus acciones y es arrastrado por una ola de calor y humedad hacia las
peores trampas del comercio de temporada. Al mismo tiempo que todo le
resulta hermoso, también le parece un afano. Así como cuando es un
afano, más fácil es que le vendan un buzón. Al lado del maní
salado sin cáscara que es el cerebro de una familia tipo en
vacaciones, la tabla del uno es una ecuación que hay que resolver
contrareloj a riesgo de que vuele por los aires la Casa Blanca. Y, en
el medio, los chicos. Da la sensación de que durante enero y febrero
los chicos adquieren una multiplicidad aterradora. Salen de adentro
de los baldesitos de playa, están diseminados por la orilla todo a
lo largo de los 1200 kilómetros de costa, aparecen escondidos abajo
de la arena cuando les estás por apagar un pucho en la cara. Los
chicos, las criaturas, esos pequeños demonios que consumen toda la
plata, energía y sentido del humor de una pareja que atinó a
echarse un polvo sin protección antes de plantearse qué hacer con
sus vidas.
Hay mucho de toda esta antropología
urbana que estuve realizando que despierta a la fiera que tenía
aplacada. Es como si “la maldición de los Iñiguez” haya dormido
agazapada en un rincón de mi inconsciente esperando el momento justo
de atacar. Yo atrapada en este espiral de días que se suceden uno
atrás del otro sin que nada los caracterice, con los mismos granos
de arena alrededor, la misma ola, siempre el señor de la misma
sombrilla, siempre la sonrisa atenta de la misma señora que te cede
el paso para bajar la escalera. Pero a la vez entiendo que la
maldición de los Iñiguez puede ser también la de los López, los
González, los Soler. Cada familia ensimismada en su cotidianeidad,
jugando a que son libres durante un rato mientras los dueños del
mundo se hacen los distraídos.